EL SEGUNDO EXPERIMENTO
Tuvo una fase de preparación de unas diez semanas, en que, entre contentos y asustados por los logros del anterior, debíamos rumiar bien lo ocurrido, porque lo que habíamos demostrado era muy fuerte. El cerebro humano con un entrenamiento bastante más simple de lo que parece -aunque no tan fácil-, y con unos pocos medios técnicos, puede controlar una plaga como las langostas, enviarla a cualquier parte o facilitar su eliminación. Al experimento lo llamamos simplemente «Langosta», pero el archivo militar fue bautizado «Hamelin», que seguramente la mayoría conocerá la ¿Fábula? del flautista. Teníamos un pequeño problema Juan y yo, que comentamos casi como anécdota en el informe oficial, pero unos días después debimos conversarlo porque nos preocupaba. Esto puede parecer una ridiculez, pero os ruego no hacer como los idiotas, que se suelen reír de lo que no conocen…
Nos sentíamos langostas. Si, teníamos sueños, que nos los empezamos a contar sólo él y yo, y nos empezamos a afinar de tal manera, que casi nos hablábamos sin palabras. Se había establecido entre Juan y yo un lazo telepático, pero con algunos elementos muy desagradables. Soñábamos que éramos langostas, y en muchos momentos hasta temimos convertirnos en langostas. Era una especie de obsesión psicótica, y cuando pensábamos racionalmente, sabíamos que a lo sumo terminaríamos en un manicomio, y hasta esa posibilidad era un alivio. No nos sentíamos mal sintiendo como langostas. Era algo simple, difícil de explicar, pero que entraba en conflicto con cosas cotidianas. Juan empezó a temer al fuego, cuando le encantaba sentarse frente a los fogones, y yo le tomé asco al trigo, que antes me daba igual que el arroz. Eso era lo más «objetivo», pero los sueños, imágenes y otras sensaciones durante la vigilia y especialmente poco antes de dormirnos, eran -si bien «subjetivas» e indescriptibles- sensaciones de langosta.
Ambos teníamos ya, mucho más conocimiento de psicología que los freudianos, así que era absurdo pensar en contar con apoyo psicológico, cuando para colmo, estábamos bajo secreto militar. Así que lo hablamos en el grupo, al que se habían sumado tres de los militares que siendo testigos del «Hamelin», era conveniente incluir, y afortunadamente, tras varias charlas, en que contábamos lo que nos ocurría, todo volvió a la normalidad.
Creo que lo más acertado fue hacer una especie de «ritual», en que por medio del psicodrama nos «convertimos en langostas» (incluso tomé dos capas impermeables verdes para asemejarnos más a las langostas) e hicimos una representación entre ridícula, muy humorística y divertida, pero también muy seria.
A las indicaciones del Mayor nos fuimos convirtiendo en humanos nuevamente, despidiéndonos para siempre de la vida de langosta. Yo tuve algún que otro sueño relacionado, pero Juan ninguno, posteriormente. Así que tras un tiempo de charlas y análisis de conveniencia y método, diseñamos el experimento «Visitante Nocturno».
El Mayor diseñó un método por el cual sólo él y uno cualquiera -elegido por él- del grupo sabría quién sería el «conejito de indias» del experimento. Sólo sabíamos que alguien sería «visitado por alguien en la noche», pero el único que conocía el «libreto» de lo que ocurriría, era el Mayor que lo había diseñado con conocimiento de los casos de abducción que ya ocurrían en USA, y que nosotros desconocíamos completamente por esos años, salvo por unos artículos de la extinta revista Cuarta Dimensión.
El primer «visitante» que eligió, fui yo, y la víctima -el «visitado»- fue la persona supuestamente más cuerda y escéptica del equipo: El técnico en electrónica, Pedro. Y Alberto -el radioaficionado- tuvo que apañárselas para reemplazarlo en algunas funciones con apoyo de uno de los nuevos, que tiene algunos conocimientos más sobre aparatos, y es médico militar.
Me tuve que estudiar el libreto -muy similar a los que desde hace algunos años es de pública difusión televisiva- y convertirme en Pedro, viviendo la visita de un «hermanito extraterrestre». La noche elegida, los «abductores» fuimos a nuestra central, donde usamos una radio militar de sólo 1000 vatios y me conectaron a las dos y media de la mañana, a los aparatos. Me concentré en el dormitorio de Pedro (la «víctima») y finalmente era -mentalmente- yo mismo, el propio Pedro. Es decir que cuando me dijo el médico que estaba en alfa, me convertí imaginaria y mentalmente en él. Asumí todos los caracteres que recordaba de él, y comencé a «soñar» según el guión estudiado. La sesión de abducción duró unos doce minutos, y le modifiqué algunas cosas que a mi parecer, le harían a Pedro -si resultaba- más llevadera la cosa, y menos traumática. Luego le informé de los cambios al Mayor, lo que le pareció muy bien.
Al día siguiente, la esposa de Pedro -también empleada del ejército- llamó al Comando porque no podían ir a trabajar. El Mayor me avisó y fuimos inmediatamente a su casa. Estuvimos más de tres horas para tranquilizar a la esposa y convencerle a él de que era parte del experimento según las pautas acordadas.
Cuando llegamos a media mañana, acababa de salir de la ducha, envuelto en un albornoz. Pero estaba muy demacrado y asustado. Le mostramos el libreto escrito por el Mayor, y yo le describí el «sueño» que yo mismo hice, con sus modificaciones correspondientes. Así y todo no podía comprenderlo.
«¡Me han dicho que tengo una gran misión!, ¡Y es así!. Ellos saben todo lo que hacemos…!!, pero yo no se qué hacer, ni por dónde empezar…»
Y tras nuestras pacientes explicaciones nos miraba incrédulo y nos decía que lo que había vivido él, no tenía nada que ver con el experimento. Mientras tanto la mujer nos confirmaba que efectivamente, lo que le había contado en la madrugada, era exactamente lo que nosotros decíamos. Pero él estaba empezando a mentir agregando cosas; buscaba llenar un hueco psicológico, necesitaba que aquello fuese verdad. Se lo pedía su «arquetipo redentor». Porque a muchos -y creo que a la mayor parte de los mortales- nos gustaría salvar al mundo. Y nos gustaría con delirio (nunca mejor dicho), que una civilización extraterrestre nos protegiera, nos sacara de la miseria moral, espiritual y económica en que se debate nuestro mundo; de la misma manera que un náufrago en una isla llena de peligros y sin sentidos, sueña con la llegada de un barco que lo rescate.
Pero la realidad -al menos en ese momento- era muy diferente. Habíamos hecho un experimento y el peligro se ponía en evidencia. Yo empecé a sentir en ese mismo momento, una identificación con Pedro, como pocas veces la he sentido con un compañero o amigo. Me pasaba lo mismo que con Juan tras el «Hamelin», pero más intenso. Incluso me di cuenta que hablaba con su mujer como si fuera la mía, aunque el sentimiento era fraternal y no marital (quizá por el hecho de que yo estaba enamorado de mi esposa).
En un momento de la charla, sentí ganas de llorar y Pedro empezó a hacerlo desconsoladamente. Creo que la causa fue su angustia y me la trasmitió, porque yo estaba sereno, a pesar de todo. Pero en varios momentos, los argumentos de Pedro parecían convencerme. Y lo dije, así que el Mayor hizo un gesto de preocupación y con la mirada me mandó a callar. Cuando entendimos que Pedro tenía ya claro que había sido el sujeto de nuestro experimento y su vivencia un sueño inducido, nos fuimos, pero estuvimos preocupados hasta el día siguiente, en que Pedro fue a la reunión normalmente. Me encontré con él en un pasillo y me dijo, medio en broma, medio en serio: «Si no fuera que te siento como a un hermano, te rompería los huesos».
Después nos fuimos a la cafetería y conversando pude quedarme completamente tranquilo porque él lo había asumido. Recordando lo hecho, analizándolo, catartizábamos todo para volver a la normalidad y sacar conclusiones.
El Mayor me dijo en esos días, que me prepara porque a la semana siguiente había que «abducir a Juan». Porque era importante saber la diferencia de reacción de una persona con un entrenamiento psíquico mejor. Todos fueron entrenados por nosotros, pero ellos -como Pedro- llevaban sólo unos meses de trabajo. Juan era el mejor entrenado de todos; con menos tiempo de resistencia en concentración, pero con más intensidad y estabilidad. Es decir que se mantenía en alfa menos tiempo, pero con una onda muy estable y el pensamiento muy concentrado.
Pero a la noche siguiente, yo fui abducido. Eso, aunque nadie -ni mi esposa- estaría dispuesta a creerme, fue lo que me ocurrió y tuve la vivencia que han tenido miles de personas desde hace poco menos de medio siglo. El hecho fue en algunas cosas, parecido a lo del guión que habíamos usado con Pedro, pero yo no podía haber sido la siguiente víctima del experimento, que era Juan, y para una semana en adelante…
Llamé a las cinco de la mañana al centro de emisión psicotrónica, y nadie contestó, lo que confirmaba la realidad de mi vivencia, a pesar de que desde el hecho habían transcurrido casi dos horas y diez cigarros. Fui hasta el Comando y me dijeron en la guardia que el Mayor había llegado hacía un rato y se había ido otra vez, y que seguramente estaría en su casa. Así que fui para allá, porque también estaba cerca, pero su mujer, -lógicamente muy molesta- me dijo que no estaba. Volví a mi casa, tratando de mantenerme neutral, sin pensar, porque cada vez más me convencía de haber sido abducido realmente, y habían elementos en la vivencia, como un moretón en el brazo, que me indicaban que aquello no era un sueño. El extraterrestre me había apretado el brazo con su enorme fuerza, y luego me había pedido disculpas, al comprender mi fragilidad. Cuando llegué a casa me preparé un café, porque ya no volvería a dormir, y en eso estaba cuando llegó el Mayor, junto con Juan, y me fui con ellos porque no quería involucrar a mi mujer, ya bastante enojada con los habituales «secretillos militares y horarios dudosos» y no sabía si debía aguantar o ponerse celosa.
Así que estuvimos conversando el Mayor, Juan y yo hasta media mañana, y supe -más que nunca- por lo que había pasado Pedro. ¡Aún sabiéndolo todo!.
Yo me había tragado el anzuelo de que el próximo era Juan. Y a pesar de saber todo el asunto -al guión evidentemente se le habían cambiado unas cuantas cosas- estaba seguro de que había sido abducido, y que los extraterrestres, sabiendo lo que estábamos haciendo, habían decidido intervenir.
Me mostraron el «nuevo libreto», exactamente como me habían ocurrido las cosas. Pero yo no estaba dispuesto a reconocer que se trataba de un sueño inducido. Me quedaban dudas. Especialmente porque tenía una marca física, el moretón. Eso quedó sin explicación hasta que volví a mi casa, y le mostré a mi mujer el brazo, porque no terminaba de aceptar que ella no se hubiera despertado cuando me estaban «visitando». Me dijo «A quien se le ocurre tratar de sostener esa moto…»
Y la mente dio un salto, como si se iluminara. Un par de días atrás iba con un cubo de agua y toqué mi moto que la tenía sobre unos tacos de madera para cambiar la cadena, y cuando me di cuenta que se caía, puse el brazo, que se encajó entre el manillar y la palanca del embrague. Había olvidado completamente aquello, y allí me di cuenta a nivel vivencial, como la mente tiende a «llenar agujeros» para sostener lo que un factor emocional desea hacer «real».
La verdad es que el libreto nuevo era mas agresivo y desagradable que el redentorista guión que usamos con Pedro, pero así y todo, yo quería que fuera real, o no podía creer que no lo fuera. Hicimos dos «abducciones» más y finalizamos esa etapa. Porque si bien nadie salió demasiado afectado, el peligro es muy grande. Además, se crea un estado psicótico que se suma a la afinidad telepática, lo cual pasa a ser muy comprometido en medio de esta civilización tan grotesca e injusta.
uffff, nunca había escuchado este tipo de historias, me parece sumamente interesante lo que he leído y quisiera saber más del asunto. veo además lo peligroso que puede resultar un mal manejo de este conocimiento.