Autor: Ramiro de Granada
Han pasado veinte años y ya no existen los estamentos que me ligaban a secreto jurídica, ética y fácticamente, así que contaré -por fin- sobre los experimentos de psicotrónica (después de la investigación piramidal, el más importante en el que he trabajado en grupo). Aún así omitiré datos que puedan revelar identidades o comprometer a personas de las cuales no tengo su consentimiento para esta revelación. Por mi parte, estoy harto de callar cosas, a veces por precaución personal, otras por secreto impuesto, pero veo que lo peor que hay en estos tiempos, es la desinformación y confusión sobre temas que atañen a todos, tengan o no consciencia de lo que ocurre.
Eramos en principio, amigos reunidos sin nuestro conocimiento de que las cosas no eran «casuales», con las mismas inquietudes y diversos conocimientos. Juan y yo, bastante formados en parapsicología científica; Alberto es ingeniero técnico en electrónica y radioaficionado por herencia (hijo y nieto de radioaficionados), que en ese tiempo tenía casi 50 años. Otro, militar de carrera, Mayor, con cultura general muy amplia y algunos conocimientos de psicología social y guerra psicológica. Pedro era informático, agente de inteligencia militar y se incorporó porque necesitábamos un experto en electrónica e informática, arreglaba todo tipo de aparatos de medicina nuclear y ordenadores, que en aquellos años funcionaban con tarjetas y los más modernos con fósforo amarillo. Estos últimos no estaban en el mercado, sino que los tenían las F.F.A.A.
El equipo fue reunido por el Coronel Aldo, por orden del Estado Mayor Conjunto.
Todos teníamos alguna base teórica de psicotrónica, los modos de aplicación y referencias históricas, como la guerra de Vietnam y algunas avanzadillas experimentales de USA, sobre poblaciones latinoamericanas, especialmente con aparentes fines comerciales. En principio, el grupo no parecía oficial, pues nos reuníamos dos o tres veces por semana para conversar el asunto y analizar las posibilidades de hacer cosas en un orden que el Mayor iba planteando. Yo había sido contratado por el ejército con la aparente misión de evaluar las capacidades psicológicas de oficiales y suboficiales (y con una tapadera de jardinero), pero tampoco sabía que el verdadero propósito era formar parte de ese equipo, destinado a estudiar, desarrollar y experimentar con armas psicotrónicas. Había estudiado en el Panamerican Parapsicology Institute of Canadá, donde además de la licenciatura en psicología se daba la primera licenciatura en parapsicología. Aunque tenía mis títulos «ad referendum» en mi país, el interés estaba en que la inteligencia militar sabía que ese instituto, con una tapadera oficial canadiense, preparaba psíquicos para experimentos al servicio de USA.
Estaba terriblemente ansioso -más que los demás- por pasar a la práctica, así que «pisando el palito» propuse que intentáramos construir un psicotrón, porque no tenía ganas de perder el tiempo en charlas infértiles. Como en realidad el sentimiento de los demás era idéntico, comenzamos esa misma semana con un diseño teórico de un psicotrón. Pero nos faltaban elementos o eslabones en la cadena de aplicación práctica: No sabíamos cómo controlar o estar seguros de estar en estado alfa o cómo entrenarnos para ello de modo fiable, y no teníamos idea de cómo convertir una onda cerebral en una onda de radio que se pudiera emitir con efecto sobre otros cerebros. Lo había estudiado en la teoría, pero la práctica planteaba problemas que se fueron resolviendo rápidamente, gracias a la perfecta composición del equipo humano.
Nuestro Mayor y jefe del equipo consiguió lo que nos faltaba: Un médico; Pablo es neurocirujano y psiquiatra. Después de unas cuantas reuniones estuvo listo el psicotrón teórico y más o menos diseñado el método de entrenamiento. El aparaterío práctico demoró algunas semanas más, porque hubo que conseguir dos electroenfalógrafos, una radioemisora de gran potencia y algunos instrumentos más. Surgió entonces una cuestión en la que mis experimentos con pirámides fueron muy útiles. El campo magnético de la pirámide abarca un espectro muy amplio dentro del magnetismo sutil y además es estabilizante de la actividad cerebral, de modo espontáneo y natural, sin perjuicio alguno para el sujeto. Se me encargó la construcción de una antena piramidal, con una función que yo desconocía hasta ese entonces. Eso me demostró cuán avanzados suelen estar algunas investigaciones en el ámbito científico-militar. Los militares también habían experimentado con pirámides, pero no hallándoles aplicaciones destructivas, todo quedó archivado.
Cuando estuvo todo listo, nuestro jefe propuso poner el asunto bajo “secreto militar”, cosa que aceptamos en vista a la importancia y potenciales peligros del caso.
El Mayor consiguió una radio de 5.000 vatios de salida, en un lugar bastante alejado, y cinco militares más (desconocedores del experimento) formando nuestro «cerco preventivo».
Tras cerca de dos meses intensivos de entrenamientos y ensayos menores, se hizo la primera experiencia en un campo de trigo del que la mitad -longitudinal- fue arado. Como en la zona hay -al menos hasta aquellos años- plagas de langostas, que suelen arrasar los cultivos, estuvimos dos días de guardia permanente, durmiendo en el lugar, hasta que se dio la ocasión. Los mejor entrenados (Juan y yo) debíamos hacer que las langostas entraran al campo, que se fueran hacia el terreno arado, y volvieran luego al campo cultivado, alternativamente, describiendo un zig-zag. Esto no es posible por causas naturales, que las langostas lo hagan, así que comencé el experimento poniéndome en alfa, conectado al psicotrón y con un mapa-croquis sobre la mesa. Tenía algunos bolígrafos de diversos colores, para hacer marcas de intensidad si fuera necesario, etc.. El técnico controlaba mis ondas cerebrales y Juan me ayudaba a relajarme, concentrarme y dirigir el pensamiento, mientras los otros observaban desde la torre de la radio.
En pocos minutos, la manga de langostas se dirigía hacia el centro del campo, transversalmente, así que la indicación del Mayor fue que la dirigiera hacia el extremo más cercano. Así lo hice, convirtiéndome mentalmente en un »yo langosta», centrando mi pensamiento en ser una langosta dirigente, afinándome con el espíritu grupal, cosa para la cual el entrenamiento fue imprescindible. Creo que llegué a «sentir-pensar» como langosta. Cuando escuché al Mayor decir, «¡Increíble!, esto es Increíble», me distraje, pero ya la manga había entrado por el extremo y no por el medio. Mi compañero, en diez segundos, quedó en relevo, y yo en su lugar, ayudándole a concentrarse, induciéndolo a sentir-pensar como langosta. Juan tomó el bolígrafo rojo y fue llevándolo hacia el campo arado, donde no había una brizna de vegetal comestible, salvo algunas hojarascas secas que raramente come la langosta. Otra vez el Mayor diciendo por el interfono, «¡Es increíble!… Pero ahora que vuelvan al campo». Así lo hizo «Juan-langosta» y medio minuto después tomé el relevo, repitiendo el proceso, con el agregado de hacer permanecer a las langostas «estacionarias» en el campo arado, hasta nueva orden. Lo conseguí por casi diez minutos, hasta que perdí la concentración, con lo que las langostas se avalanzaron sobre el cultivo. El Mayor gritó «¡Que vuelvan al campo arado, que vuelvan al campo arado, no las quiero en el cultivo!» y «yo-langosta» volví a concentrarme. Las retuve unos minutos más allí, hasta que me ordenó nuevamente el Mayor, llevarlas «disciplinadamente» al campo cultivado, sin comer nada. Las hice formar una fila cuadrada, las llevé al cultivo y las hice avanzar un tramo de unos veinte metros sin comer nada, hasta el nuevo reemplazo. Juan estaba cansado y tenso, pero volvió a llevar a las langostas al terreno yermo, y también las mantuvo por varios minutos. Al Mayor se le ocurrió que las volviera a llevar al principio del terreno, en vez que hacia el extremo opuesto, pero el grupo se le dividió y la manga se dispersó bastante, así que sacudió la cabeza y se sacó los cables, y me puse nuevamente en su lugar. Yo también estaba cansado, pero logré reunirlas imperativamente, amenazándolas conque serían quemadas (cosa que era cierto porque al final del campo, uno de los militares estaba con el lanzallamas preparado para combatir la plaga).
Las llevé al inicio del terreno, y Juan, ofuscado consigo mismo, me pidió el relevo nuevamente. El Mayor dijo que si estábamos cansados podíamos dar por terminado el experimento llevándolas hacia el extremo opuesto. Una vez en su sitio, llevó las langostas a lo largo de todo el terreno yermo, hacia donde el soldado esperaba para quemarlas. Pero tuvo que «convencerlas» que no les pasaría nada, porque evolucionarían espiritualmente y otros rollos mentales por el estilo, ya que mi amenaza anterior estaba presente en la memoria colectiva de las langostas. Ese fue el primero de los experimentos y ya pueden deducir los lectores lo que a partir de eso (con material relativamente precario y siendo unos pocos) puede hacerse con más personal entrenado y medios técnicos como los de hoy. El segundo experimento fue bastante más escalofriante, pero es importante tanto saber cómo funcionan estas cosas, así como las reglas de vida para estar realmente a salvo de influencias psicotrónicas.
tengo muchas inquietudes al respecto si tienes un correo electronico me gustaria que me contactaras