Maine (Estados Unidos), junio 1959
Acompañado por un piloto de la Marina amigo suyo, el comandante naval Larsen, espiritista convencido y encargad” del contacto entre la ONI (Oficina Naval de Inteligencia) y el Centro de Interpretación Fotográfica de la CIA, pasa la noche en casa del almirante Knowles. Al día siguiente, todos juntos visitan la casa de la señora Swan, donde tendrá lugar una singular experiencia…
Desde 1953, Frances Swan mantiene continuos contactos con presuntos extraterrestres, valiéndose de la oui-ja y la escritura automática. En mayo del año siguiente, éstos le piden que escriba una carta al gobierno, a través de la Marina. Ella decide contar lo ocurrido a su vecino, el almirante retirado H. B. Knowles quien en principio se muestra sumamente escéptico, pero acaba deslumbrado por el nivel de los conocimientos técnicos y científicos que proporcionan esas comunicaciones.
Convencido por la insistencia de Knowles, el almirante Spee envía a dos oficiales de la ONI, los capitanes Bromley y Baltazzi, quienes acompañados por Knowles y su esposa participan en nuevas sesiones. Sus informes van a parar a las sedes centrales de la ONI y de la CIA.
Quiere la casualidad que Knowles sea amigo del ingeniero Wilbur Smith, experto ufológico del gobierno canadiense, cuyo Proyecto Magnet se centra en estudiar la propulsión de los ovnis. Decide visitar a Frances Swan para intentar dilucidar los secretos del magnetismo y la navegación espacial que tanto le preocupan, y obtiene en las sesiones en las que participa respuestas a algunas de sus preguntas. Convencido de que no puede conseguir mucho más, Smith regresa a Canadá, e informa a la CIA de sus conclusiones.
Los agentes contactan con ‘Affa’ de Urano
De vez en cuando, otros oficiales de la ONI siguen visitando a Frances Swan. Hasta que, cinco años después, ésta propone al comandante Larsen que intente la comunicación por sí mismo, indicándole cómo conseguirlo. Larsen queda asombrado por las informaciones recibidas y, de vuelta en Washington, el 6 de julio decide demostrar su nueva habilidad a dos oficiales que trabajan para la CIA, y comienza a escribir sobre un papel los mensajes dictados por Affa. Días después, se reúnen con el mayor Robert Friend, comandante del Proyecto Libro Azul de la USAF (Fuerza Aérea). Al parecer, las notas manuscritas que toma éste se distorsionan grotescamente, al añadirse un mítico episodio del que no hay prueba alguna. Según él, cuando los agitados oficiales solicitan ver una de sus naves, Affa les indica que se acerquen a una ventana desde la que logran ver un ovni que sobrevuela la capital, al tiempo que las pantallas de radar del aeropuerto quedan bloqueadas…
Más tarde, Friend intenta ponerse en contacto con el laboratorio de parapsicología de Duke para pedirles que estudien la naturaleza de aquellas extrañas comunicaciones. Pero parece que sus superiores le impiden hacerlo, con la excusa de que la USAF no debe involucrarse en asuntos de esa clase y, después, lo notifican a la superioridad. Se dice que la historia tampoco gusta a los directivos de la CIA, especialmente por la posibilidad de que trascienda a la prensa. Richard Faine, jefe técnico de la Agencia, conduce personalmente el sumario del caso. John Warner, ayudante de relaciones con el Congreso del director de la CIA, bloquea toda posibilidad de que esta información llegue al Parlamento, donde la discusión sobre el secreto que rodea a los ovnis ya está levantando ampollas. Se traslada a California al turbado Larsen. Y se recomienda seriamente a los implicados que olviden todo lo sucedido…
Viejos amigos
¿Pretende la CIA ocultar al público que la Tierra está siendo visitada por extraterrestres o esconde otros motivos al monopolizar la información sobre los ovnis?
Porque hay pocas dudas de que éste ha sido un empeño mantenido por la cúpula directiva de la Agencia desde su fundación en 1947, paralela al inicio de la era moderna de los platillos volantes y del incidente de Roswell. En realidad, su predecesora, la OSS, descubre durante la Segunda Guerra Mundial la presencia de estas misteriosas naves para las que no encuentran explicación terrestre.
Durante décadas todos supondrán que la encargada del encubrimiento de la verdad ovni es la USAF, desde que el 30 de diciembre de 1947 el secretario de Defensa ordena que se establezca un proyecto para estudiar los ovnis, cuya responsabilidad es delegada en el ATIC (Centro Técnico de Inteligencia Aérea), asentado en la base de Wrigth Patterson. Allí se crearán sucesivos proyectos conocidos de estudio, bajo los nombres Siga, Grudge (Aversión) y Bluebook (Libro Azul). Mientras tanto, en el seno del ATIC se suceden estériles discusiones y declaraciones públicas sobre la naturaleza de los ovnis.
Años después, incluso el fundador de la CIA, vicealmirante Hillenkoetter, no se privará de explicar que, desde 1948, la CIA ha venido ayudando a la USAF a mantener ese pesado secreto, primero limitándose a asesorarla y, luego, con todos sus recursos.
Los platilos volantes vienen de otro mundo
Pero todo parece indicar que los proyectos de la USAF son una simple tapadera que sirven para centrar la atención de la opinión pública, mientras otros proyectos secretos y otros grupos de inteligencia se encargan de manejar los aspectos relevantes del problema.
En diciembre de 1949 entra en escena un personaje clave en esta enmarañada historia: el mayor retirado Donald E. Keyhoe. La revista True publica un polémico artículo suyo que es ampliamente comentado por radio y televisión. En él resume ocho meses de investigación sobre los ovnis, de los que concluye que la Tierra está siendo visitada por seres extraterrestres y que la USAF intenta ocultarlo…
Extraña forma de mantener un secreto de estado, cuando cuatro meses después y con la aprobación de sus superiores, el capitán Me Laughin publica otro artículo en la misma revista. Explica las observaciones de ovnis realizadas por él y sus compañeros, desde White Sands (cerca de Roswell), donde es responsable de un equipo científico del ejército. Y opina que se trata de naves extraterrestres tripuladas…
Durante los meses siguientes, nuevas apariciones de ovnis, declaraciones de la USAF y de quienes comienzan a oponerse a ella, siguen caldeando el ambiente, que alcanza una temperatura máxima en 1952, cuando estos objetos se prodigan a través de todo el territorio americano, violando incluso el espacio aéreo de Washington.
Cuando las elecciones de noviembre convierten en presidente al general Eisenhower, viejo amigo de los jefes de la CIA, comienzan los años felices de la compañía. Nombra director de la misma a Allen Dulles, gran impulsor de los proyectos de control mental, hermano del secretario de Estado y forjador con él de la criptocracia o gobierno secreto que a partir de entonces regirá desde las sombras el destino de la nación.
El Panel Robertson
Siguiendo instrucciones de la CIA, el 12 de enero de 1953 se reúne en Washington un gran jurado, dirigido por el doctor H. P. Robertson, superasesor de la CIA y de la secretaría de Defensa. Lo componen el premio Nóbel de física Luis Álvarez, el físico Samuel Goudsmit, experto en bombas atómicas, el astrónomo Thornton Page, Lloyd Berkner, uno de los padres del radar, y tres dirigentes de la CIA.
El comité estudia durante una semana todo el material del Libro Azul y llega a las siguientes conclusiones:
— Los ovnis no son hostiles y nada prueba que se deban revisar las ideas científicas corrientemente admitidas.
— Las alertas continuas a las que dan lugar sus apariciones podrían camuflar los eventuales indicios de acciones realmente hostiles. Además, la posibilidad de una histeria colectiva ante una invasión espacial inexistente, otorga un amplio margen de maniobras para una guerra psicológica desencadenada por los enemigos potenciales de Norteamérica.
La CIA presiona para que se decida mantener en secreto las investigaciones oficiales, se desaliente a los testigos para que no den a conocer sus experiencias, se inicie una campaña para desprestigiar a los rebeldes y se familiarice al público con los fenómenos naturales, para debilitar el aura de misterio que rodea al tema, permitiendo así que el número de informaciones inútiles disminuya.
Operaciones de desprestigio
Mientras se instalan cámaras especiales en todas las estaciones de radar, para poder fotografiar a los no identificados, el propio Eisenhower afirma públicamente que “los platillos volantes no vienen de parte alguna”.
De nada sirven las veladas protestas de quienes dentro de la USAF conocen el verdadero desafío que plantean los ovnis.
Por una parte, algunos militares parecen promover el miedo a los extraterrestres. El agresivo general McArthur asegura en 1955 que la próxima guerra será interplanetaria. Otro belicista, el senador Barry Goldwater intenta —como general del aire en la reserva—accederá los archivos secretos sobre ovnis, sin conseguirlo, como les ocurrirá luego a otros parlamentarios.
Cabe preguntarse si este interés en el tema de personajes ligados al poderoso complejo industrial-militar, no se deberá a que la amenaza de un enemigo tan perpetuo, difuso y omnipresente como los ovnis podría justificar enormes inversiones en material defensivo que —al quedar anticuado— debería ser renovado con frecuencia…
Hollywood y la CIA
Hollywood contribuye al clima de descrédito y temor que rodea al tema con sus “fantasías groseramente falsificadas” sobre extraterrestres agresivos, como las definirá el psicólogo Daniel R Match.
Pero el golpe definitivo lo dan los contactados. Docenas de individuos populacheros que aseguran ser amigos de los extraterrestres e incluso haber paseado por el espacio en sus platillos, sientan las bases de una nueva pseudoreligión con un mensaje mesiánico adecuado a una época de crisis: los extraterrestres vendrían a salvarnos de nuestra autodestrucción y a establecer un nuevo orden sobre la Tierra.
Muchos ufólogos verán la mano de la CIA tras los contactados, como luego se la verá catapultando sectas y mesías de pacotilla. Resulta interesante comprobar que la propia secretaria y biógrafa de Adamski, el más famoso contactado de la historia, está convencida de que la CIA introdujo en su mente —mediante drogas e hipnosis— nuevas y delirantes historias de contactos que le desacreditaron ante la opinión pública.
Las encuestas indican que entre 1954 y 1972 la opinión pública no diferencia a los embaucadores de los investigadores que se ocupan de los ovnis. La campaña de descrédito ha resultado ser todo un éxito. Pero parece que la Agencia tiene otros ases guardados en su manga.
Infiltrados
Keyhoe, autor de varios libros en los que denuncia la conspiración de silencio, promueve la creación de un comité nacional para investigar los ovnis y presionar al Congreso para que obligue a la USAF a revelar la verdad a los ciudadanos. Así se crea en 1956 el NICAP, prestigiada y poderosa organización ufológica que protagonizará violentas polémicas con la USAF. Keyhoe es nombrado director ejecutivo y aporta a la junta directiva de este comité a notables personalidades militares y científicas. Pero lo más interesante es que coloca en los puestos más altos a varios dirigentes de la CIA, comenzando por el primer director de la Agencia, Roscoe Hillenkoetter.
Keyhoe inicia una batalla incansable para acceder a los archivos de la USAF, a la que se sumarán varios congresistas y senadores, incluidos los futuros presidentes Lyndon Johnson y Gerald Ford.
Pero cuando Keyhoe intenta que el prestigioso Hillenkoetter declare ante el Congreso, éste renuncia a su cargo en el NICAP. Explica que lo hace porque “la investigación del comité ha ido más lejos de lo que resulta conveniente” y que “lo único que podemos hacer ahora es esperar alguna acción por parte de los ovnis”. Keyhoe le justifica, por estimar que ha sido presionado por la Casa Blanca.
Pero lo cierto es que la actuación de Hillenkoetter y de sus colegas en el seno del NICAP siempre ha sido ambigua y sospechosa. En varias ocasiones, la CIA y la USAF parecen haber recibido oportunos avisos que les permitieron impedir acciones de cuya preparación sólo están al tanto él y Keyhoe, hasta el punto de que se llega a amenazar a los confidentes oficiales de este último.
Keyhoe es sacrificado
Para acabar de hundirle, el contactado Adamski afirma en televisión que es miembro del NICAP. Efectivamente, su credencial le ha sido proporcionada por la secretaria del NICAP, de la que algunos sospechan mantiene una estrecha relación con la CIA y que ayuda a sabotear los esfuerzos de Keyhoe. Incluso algunos ufólogos le atacan por considerar que está empeñado en una guerra personal contra la USAF, mientras que se olvida de la investigación y censura los casos que no le complacen.
Finalmente, en 1969, se obliga a Keyhoe a renunciar como director ejecutivo del NICAP. En un libro posterior explicará que “la CIA es el poder que se encuentra tras el mantenimiento del secreto”. ¿Podría incluso esta Agencia haber promovido la creación del NICAP para desviar la atención de todo el mundo hacia la USAF?
Poco antes de su dimisión, un comité de la Universidad de Colorado da a conocer los resallados del estudio sobre los ovnis que le ha encargado la USAF, al sentirse presionada por la opinión pública tras la oleada de 1965 y 1966. Su informe final explica que la mayoría de los casos tienen una explicación natural, aunque quede un mínimo porcentaje de no identificados que no merece la atención del gobierno. De poco valen las protestas de los ufólogos y de dos miembros de la comisión, quienes ya denunciaron que el único objetivo de la misma era acabar con el problema.
Los ovnis mejoran su imagen pública
Sin embargo, tras esta campaña de demolición, en los años setenta los ovnis comienzan a ganar en imagen y en interés para el público. La incorporación de varios científicos prestigiosos a la ufología, las nuevas oleadas de apariciones, películas como Encuentros en la tercera fase y otros diversos factores contribuyen a este revival. Entre ellos, el escándalo Watergate y la nueva Ley de Libertad de Información que permite a los ufólogos reclamar a las agencias de inteligencia copia de cuantos documentos no hagan peligrar la seguridad nacional, como consecuencia de varios procesos legales, organizaciones como el Ground Saucer Watch (GSW) obtienen más de dos mil documentos de importancia secundaria, que, sin embargo, demuestran cómo el interés de la CIA y de otras agencias ha ido más lejos de lo que habían reconocido. Curiosamente, algunos directivos de esas asociaciones urológicas han sido o son empleados de agencias como la NSA, que también han manipulado a testigos e informes ovni.
Hasta ahora, aparentemente, el gobierno invisible ha intentado evaluar lo que hay de mítico y de real tras el fenómeno ovni, desarrollando una campaña de confusión. Esto le ha permitido gozar de plena libertad de movimientos en su intento por obtener informaciones precisas sobre una posible tecnología extraterrestre, cuyo dominio daría un poder ilimitado a quien la descubriera. Aunque sólo se tratase de una posibilidad, la CIA tenía que ir hasta el fondo del asunto, y anticiparse a los soviéticos en su carrera por alcanzar la supremacía mundial en todos los frentes.
Promover un nuevo mito
Pero ahora parece que el sentido de la corriente se ha invertido. Soplan vientos favorables para los ovnis y las investigaciones del Congreso han frenado la marcha arrolladora de la CIA. Se diría que ya no le interesa dedicarse a ocultar la posible presencia extraterrestre, que le resulta más rentable apoyar el desarrollo de un mito vigoroso, en apariencia intrascendente y apolítico. Al tiempo que, secretamente, continúa investigando el asunto, lo manipula, quizá con propósitos múltiples. Se ve así que, hasta nuestros días, la historia de la ufología está con frecuencia sembrada por empleados y colaboradores de la CIA y de otras agencias de inteligencia, cuya principal misión parece ser la de manipular a los urólogos y al público en una doble dirección: promoviendo el escepticismo más irracional y las creencias más disparatadas.
La disuasión
Pero ¿no habrá sido esta la política seguida por la CIA y por el Consejo Nacional de Seguridad desde el primer momento, la de ocultar y manipular a los ovnis al tiempo que centraba la atención de todo el mundo en la escasamente informada USAF?
Así al menos lo afirma la hipótesis federal, propuesta por William Spaulding, director del GSW, según el cual una parte del fenómeno ovni corresponde a operaciones concebidas para ocultar pruebas de prototipos aéreos o armas avanzadas y para estudiar cómo se puede manipular al público con finalidades diversas. Para ello, la CIA promovió el rumor de que el gobierno sabía más sobre los extraterrestres de lo que admitía, al tiempo que desprestigiaba el tema ovni e infiltraba las organizaciones ufológicas. Los hombres de la Agencia se encargaban de sembrar informaciones falsas en el seno de éstas, de controlar la posibilidad de que algún investigador descubriese algo sobre las operaciones secretas que ellos intentaban encubrir y de distorsionar hábilmente cualquier información vital que pudiera filtrarse.
Y es que los expertos en desinformación de la CIA han prestado siempre atención a los peligros que se esconden tras el versículo del Evangelio de Juan que sirve de lema a la Agencia: ————————”Y la verdad os hará libres”.»
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