En el evangelio de Juan y en la Primera Epístola a los Corintios, se nos dice que Jesús murió en la cruz, que fue sepultado en una tumba y que tres días después se encontró vacía porque resucitó. Poner esto en duda es hacer tambalear la base del cristianismo. Sin embargo, parece haber pruebas de la existencia de otras tumbas donde yacería Jesús de Nazaret.
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Tal como dice san Pablo, “si Cristo no resucitó vuestra fe es vana”. Y a lo largo de la historia más de uno se ha empeñado en hacer tambalear estos cimientos, declarando que no murió en la cruz; que, por lo tanto, no hubo ninguna resurrección; que vivió unos cuantos años más, lejos de su tierra natal y que sus huesos no subieron al cielo sino que estén depositados en alguna perdida y venerada tumba. Y hasta señalan el lugar preciso. Lo malo es que no se habla de una sola ubicación sino más de media docena. ¿Quién está en lo cierto?
No vamos a exponer las distintas teorías que existen sobre la posibilidad de que Jesús sobreviviera al suplicio de la cruz, pero sí comentaremos las supuestas “tumbas” donde las creencias y las tradiciones populares, así como algunos textos religiosos, aseguran que reposó el cadáver de Cristo; sepulcros adoradas por numerosos fieles y devotos que no se creen la verdad oficial de la Iglesia católica.
Jerusalén, Francia… y hay quien dice que viajó mucho más lejos, en dirección a la India, donde se casó, tuvo varios hijos y se le enterró en la capital de Cachemira. O, por último, que tenía ansias de trotamundos y se fue nada menos que al Japón donde hizo algo parecido: casarse, tener hijos, vivir hasta una edad madura y ser enterrado con todos los honores en suelo nipón.
No es extraño que estas teorías hayan alimentando la fantasía y la imaginación de muchos escritores, con más o menos documentación en la que apoyarse. Hay mucho en juego, e incluso Hollywood ha explotado ese filón con películas como The Body -El cuerpo-, que dirigida por Jonas McCord trataba sobre el supuesto hallazgo de la tumba y el esqueleto de Cristo.
*Los osarios de 1980*
Un hallazgo de 1980 volvió a poner de moda esta vieja polémica que aún persiste sobre la resurrección de Jesucristo. Fueron encontrados a las afueras de Jerusalén -en concreto en el barrio de -Talpiot- varios osarios del siglo I, durante las obras de construcción de un edificio de viviendas. Seis de ellos poseían inscripciones sobre sus propietarios. Este descubrimiento motivó un reportaje televisivo en la BBC británica -emitido en 1996- que pasó sin pena ni gloria. La chispa en su momento la encendieron los nombres hebreos que aparecían grabados en los sepulcros, tales como “María”, “José”, “Jesús, hijo de José” y “Judá, hijo de Jesús”, muy parecidos a los de la Sagrada Familia. Aseguraban los arqueólogos israelíes que nunca antes se había detectado tal combinación de nombres en un enterramiento familiar. ¿Una coincidencia? No dejemos pasar por alto que los osarios estaban totalmente vacíos. Al final tuvieron que admitir que las evidencias que relacionaban el descubrimiento con la figura de Jesús eran muy endebles porque en aquella época estos nombres eran comunes. Pasaron los años y un nuevo documental reabrió el asunto con virulencia. James Cameron, el director de películas como Titanic o Terminator, puso en su punto de mira estos viejos osarios para realizar un documental sin reparar en gastos y con todo lujo de detalles, pretendiendo ser “la noticia arqueológica más importante del siglo’. Se emitió el 4 de marzo de 2007 con el sugestivo titulo La tumba perdida de Jesús en la cadena Discovery Channel. Dirigido por Jacobovici, judío al igual que Cameron, en su investigación se iba más lejos que en el documental de 1996. Insinuaba -y hasta afirmaba abiertamente- que los ocho osarios pertenecían a miembros de una misma familia y que seis de ellos tenían sus respectivos nombres. Uno sería el de Jesús de Nazaret, tal cual, otro el de su presunta esposa María Magdalena y otro el de su hijo Judah. Sí, un hijo con todas las repercusiones que eso tiene. En los osarios se podían leer en arameo, después de un exhaustivo análisis epigráfico, las palabras: Yeshua bar Yosef -”Jesús, hijo de José”-, Miriam -”María”-, Matia -”Mateo”-, Yosef-”José”-, éstos serían dos hermanos de Jesús, Judah -supuesto hijo de Jesús- y en griego Mariamene e Mará que dicen que aludiría a María Magdalena. Y esos son los seis polémicos osarios que intentan dinamitar uno de los pilares del cristianismo bajo una simple premisa: si hay tumba de Jesús no hay resurrección.
Sabedores Cameron y Jacobovici de que la mera investigación epigráfica no constituía una prueba evidente de su teoría, encargaron pruebas de ADN sobre unos pequeños restos orgánicos en los osarios de los supuestos Jesús y María Magdalena a una universidad canadiense que determinó que estos dos individúes no compartían lazos de sangre. Por tanto, dejaba la puerta abierta a que eran una pareja bien avenida…
También se basaron en la ley de probabilidades diciendo que el hecho de que aquellos seis nombres aparecieran juntos en la tumba no era casual. Según el experto en estadística, Audrey Fenergerger, existía una posibilidad entre seiscientas de que no fuera la tumba de Jesús.
No han faltado duras críticas a la teoría, entre ellas la de Amos Kloner, uno de los más destacados arqueólogos israelíes y director de la excavación de 1980, al decir que la inscripción del osario de Jesús no está nada clara porque los nombres inscritos en las tumbas eran muy comunes en la era del Segundo templo, y portante, son insuficientes como argumentos para concluir que esa era la tumba de Jesús y de su familia. Explicó además que la inscripción “Jesús hijo de José” ha sido encontrada en otros enterramientos en Jerusalén. Además, un detalle que invalida la teoría de Cameron es que la tumba perteneció a una familia de clase media alta y la de Jesús, según las escrituras, no era de esa categoría. Kloner calificó el hallazgo como “una farsa publicitaria, un excelente material para una película de televisión, pero un total sin sentido, imposible”.
Procedente de esas cuevas se habló hace años de la existencia de otro osario con la inscripción “Santiago, hijo de José, hermano de Jesús”. La inscripción resultó ser falsa, y en 2005 cinco personas fueron castigadas judicialmente por ello.
¿Nos encontramos ante una estrategia de mercado? No son las únicas tumbas que se atribuyen a él y a su familia. Sabido esto, hagamos un pequeño itinerario por siete de estas supuestas tumbas, distribuidas por dos continentes y defendidas a ultranza por autores y sectas religiosas.
*Jerusalén: iglesia del Santo Sepulcro*
Es obligado empezar por Jerusalén por ser la más conocida de las tumbas de Jesús: el Santo Sepulcro, lugar sagrado por excelencia, donde el cuerpo muerto del Mesías estuvo depositado durante tres días hasta que resucitó y fue elevado a los cielos, según dicen los Evangelios. Por eso se la conoce también como la Basílica de la Resurrección.
Según las últimas investigaciones, este hecho debió ocurrir un 27 de abril del año 31, pero es una hipótesis basada en informaciones no comprobadas. La inmensa iglesia fue levantada en el siglo IV en el lugar en que se cree estaba el Calvario -Gólgota- y el sepulcro de Cristo, atendido por monjes ortodoxos griegos. A los cristianos coptos les corresponde una capilla que está en la espalda del sepulcro.
La ubicación corresponde a la madre del emperador Constantino, Santa Helena, que cuando llegó a Jerusalén identificó sin ningún género de dudas el lugar de la crucifixión -la roca que se supone que es el Gólgota- y la tumba en su cercanía conocida como Anastasis -”resurrección” en griego- y allí hasta encontró la cruz de Jesucristo. Según los historiadores, este enclave sagrado dio origen a las primeras Cruzadas, puesto que la primitiva iglesia bizantina, construida en 326, fue completamente arrasada por el califa loco Hakin en 1009. Dio orden de que se destruyera la capilla del Santo Sepulcro y la cueva de roca con el supuesto sepulcro de Jesucristo -la tradición asegura que la parte inferior de la roca sobre la que estuvo depositado el cuerpo de Cristo, aún es la misma-. Este escandaloso suceso conmovió al mundo cristiano y Pedro el Ermitaño, con el apoyo del papa Urbano II, promovió la campaña militar contra los infieles, siendo Jerusalén reconquistada en 1099, finalizando así la Primera Cruzada. A partir de ese momento los cruzados convirtieron esta capilla en el punto central de la iglesia del Santo Sepulcro, que es la que hoy se puede ver. ¿Se ha demostrado que este sepulcro fue efectivamente el de Cristo? Un argumento a favor es que en la parte occidental del templo se encontró una antigua instalación funeraria. Se sabe que las leyes de purificación judías de entonces eran tan estrictas que nunca se habrían atrevido a instalar sepulcros en el interior de la ciudad. Así pues, sólo puede haberse tratado de un lugar de enterramiento cristiano.
Muchos turistas que visitan los “lugares santos” no reparan que en la misma ciudad de Jerusalén existe otro enclave con tumba de Jesús vacía que tiene sus seguidores, todos ellos anglicanos y pequeños grupos de cristianos protestantes que están convencidos de que fue allí -y no en el Santo Sepulcro- donde Jesús yació hasta el momento de la resurrección.
Es la llamada Tumba del Jardín”, ubicada dentro de un precioso recinto ajardinado, en Derekh Shekem -calle de Naplouse-, muy cerca de la Puerta de Damasco. Fue descubierta a finales del siglo XIX, en 1882, por el general británico Charles Gordon en una zona que, en el siglo I, quedaba fuera de las murallas de Jerusalén. En el interior de este jardín muestran una roca en la que hay excavada una tumba que, cronológicamente, data de la época de Jesús.
También se puede ver una gran mole pétrea cercana al jardín, con forma de calavera, que los guardianes nos dirán que se trata del verdadero Gólgota porque Gordon reconoció en la colina la forma de un cráneo. En 1894 se creó para conservar el lugar la “Sociedad de la Tumba del Jardín”, con cuyas donaciones se compró el área alrededor de la sepultura.
El ocultista francés Josephin Péladan visitó en el año 1889 Tierra Santa, donde tuvo una serie de experiencias místicas. A su vuelta a Francia afirmó haber descubierto la auténtica tumba de Jesús. La súbita revelación la había obtenido en estado de éxtasis y estaba convencido de que “iba a revolucionar la cristiandad”. Todas las revelaciones que obtuvo en el curso de este viaje a Jerusalén impulsaron a Péladan a fundar la “Orden de la Rosa Cruz del Templo y del Grial”, también conocida como “Rosa Cruz Católica” de la cual se hacía llamar imperator o emperador.
Según él, la tumba no estaba en el Santo Sepulcro sino en la Colina del Templo, debajo de la famosa mezquita de Omar, también llamada Domo de la Roca, que formó parte del Templo de Salomón. A pesar de su nombre, no se trata de una mezquita sino de un santuario que protege la roca sagrada, ya que, según diversas tradiciones religiosas, fue en ella donde Abraham quiso sacrificar a su hijo Isaac a Yahvé y desde donde, posteriormente, Mahoma ascendió a los cielos.
Antes fue un enclave templario y hoy es un lugar santo para los musulmanes: ni más ni menos que el tercer lugar sagrado del Islam, después de Meca y Medina, de ahí que cualquier intento de excavación o exploración que se haga en sus inmediaciones sea imposible y, de existir la tumba, muy poca gente la ha podido ver.
Péladan era adepto del ocultismo que siempre se proclamó católico y manifestó su total adhesión al Vaticano.
Un periodista australiano llamado Donovan Joyce (1910-1980), productor de programas de radio, escribió una obra que le hizo conocido por el tema que trataba, The Jesus scroll -El cráneo de Jesús- (1972), en la cual insinúa que Jesús era un zelote que murió en Masada cuando la fortaleza cayó en poder de los romanos en el año 74 d. de C. Joyce basa estas afirmaciones en que cuando estaba en Israel le pidieron que ayudase a sacar del país un manuscrito robado procedente de las excavaciones de Masada. Joyce afirmaba que en 1964 viajó a este país para investigar el contenido de un pergamino escrito supuestamente por Jesucristo, y que sus investigaciones fueron obstaculizadas por Yigael Yadin, arqueólogo y segundo jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, como impedir visitar las excavaciones arqueológicas en Masada. No colaboró en esa operación, pero pudo ver el contenido del manuscrito. Iba firmado por Yeshua ben Ya’akob ben Gennesaret, que afirmaba tener ochenta años y añadía que era el último de los reyes legítimos de Israel. El nombre, al ser traducido al castellano, se convierte en “Jesús de Genesaret, hijo de Jacob”, y para Joyce no podía ser otro que Jesús de Nazaret.
Este bestseller generó a su autor unas cuantas amenazas de muerte. Según él, el Jesús de los Evangelios tendría en la época 80 años y sería uno de los 967 judíos que se suicidaron tras su resistencia ante los romanos durante más de un año.
*Cachemira: la “Tumba del Profeta”*

Dentro de las teorías heréticas en torno a la figura de Jesús, hay una que aún sigue coleando y es la posibilidad de que no muriera en la Cruz sino que, una vez curado de las heridas de la crucifixión, emprendiera la huida hacia Oriente.![]()
Los budistas, musulmanes, hindúes y cristianos veneran hoy en día en Cachemira la tumba de un santo profeta de nombre Yus Asaf, que traducido sería “Jesús el Captador”, identificándolo como Jesús de Nazaret. Esta hipótesis se divulgó en España a raíz de un polémico libro escrito por Andreas Faber-Kaiser titulado Jesús vivió y murió en Cachemira (1976). Recoge los textos y las leyendas cachemires en donde el nombre de Jesús presenta todas estas -variantes: Yusu, Yusuf, Yusaafaf, Yuz Asaf,Yuz-Asaph, Issa, Issana…
Basado en estos textos, a modo de resumen, en el libro se dice que la crucifixión de Jesús estaba preparada por Poncio Pilato para -que no le causase la muerte. Descendido con vida del madero, fue curado con hierbas medicinales y puesto en el sepulcro, del que salió removiendo por sí mismo la gran piedra que obstruía la entrada. Maltrecho, salió de Jerusalén y siguiendo la ruta de caravanas, se dirigió con su madre María y su discípulo Tomás a la India, buscando a las diez tribus perdidas de Israel que se creían diseminadas por las comarcas de Afganistán y Cachemira. La Virgen, enferma por las penalidades del viaje, habría muerto de camino a Srinagar, en el pequeño pueblo de Murree, en la actual Pakistán. En Cachemira, Jesús, ya con el nombre de Yus Asaf, tuvo hijos con una mujer llamada Maryan. Esas viejas tradiciones las recogió el investigador Faber-Kaiser, y entre otras hipótesis, cuenta que Tomás fue testigo de la muerte definitiva de Jesús colocando sus piernas al oeste y su cabeza hacia el este, es decir, según la costumbre judía. Su tumba se hallaría en el lugar exacto donde expiró, en la ciudad de Srinagar -capital cachemir-.
El escritor Siegfried Obermeier, por su parte, publicó otro libro que hacía hincapié en la misma tesis -¿Murió Jesús en Cachemira? (1983)-, reconstruyendo los años ocultos de Jesús -se puso en camino siguiendo una antigua ruta de caravanas de mercaderes hacia el este, pasando por Persia y Afganistán, llegando a la India donde estuvo unos años-. De regreso a Palestina llevó a cabo su misión de Mesías hasta que en el año 30 fue crucificado. Pero, según sus datos, no murió. José de Arimatea le descendió de la cruz, le cubrió de ungüentos, le envolvió en una sábana y después lo escondió en su cámara sepulcral -y allí le ayudó a recuperarse de sus heridas-. Luego emprendió el camino hacia Cachemira, pasando por Nisibis y Taxila. Entre los años 80 a 90 d. de C. Jesús muere y es enterrado en Srinagar, en el santuario llamado el Rozabal -Rauza Bal significa “Tumba del Profeta”-, situado en la calle Khanyar. Al día de hoy, los miembros del Movimiento Ahmaóiyya -que practican un islam heterodoxo- creen firmemente que esa tumba pertenece a un recto profeta de Dios, llamado Yus Asaf, que murió a la edad de 120 años. Además de las tumbas de Jesús y María, una reducida comunidad judía aislada en la montaña viene custodiando en Cachemira, desde hace 3.500 años, la tumba de Moisés, del que hay referencias en los nombres toponímicos, conservándose incluso la llamada “piedra de Moisés”.
El cardenal indio Valerian Gracias, cuando se publicó el libro de Faber-Kaiser, manifestó públicamente su miedo a que se difundieran estos datos. Como era de suponer, tras la edición de la obra se vertieron acidas criticas desde el sector católico, tanto en artículos como en libros. Uno de ellos fue el que publicó Juan Barceló Roldan de expresivo título: Jesús y la estafa de Cachemira (1980), en cuya introducción el autor asegura que “las páginas que siguen están dedicadas a demostrar la inconsistencia de los argumentos que Faber-Kaiser emplea y la osadía y la l-ligereza de que da muestras al utilizar textos de las Sagradas Escrituras con un absoluto desconocimiento del contexto bíblico, o una manifiesta intención malévola o ambas cosas a la vez”.
Y un dato más: Faber-Kaiser y su esposa Mercedes Castellano, entre la documentación y los testimonios que recogieron en Srinagar, llegaron a conocer y entrevistar a un hombre que aseguraba ser descendiente directo de Yus Asaf, por línea masculina. Su nombre: Sahibsada Basharat Saleem.
Tal y como nos cuenta
Jacques Bergier en El libro del misterio, el dato procede de un antiguo documento redactado por Jandai-Monji. En él se dice que en los años ocultos y desconocidos de su vida estuvo en Japón y fue discípulo de un sabio de la provincia de Etsuchu, actual distrito de Toyama. Siguió sus enseñanzas y aprendió durante 11 años “cosas sobre el cielo”. Este extraño documento correspondería al testamento de Jesús, descubierto en 1935 por Hiromaro Takenchi en su propia casa de Isohara. En él se menciona a la antigua Herai, actual Shingo, como el lugar elegido para que reposaran los restos del Mesías. La repercusión del documento hizo que el Gobierno prohibiera su divulgación llegando hasta nuestros días tras muchas vicisitudes, aunque de los originales nada se sabe. Entre otros datos, se dice que Jesús llegó a Japón con 21 años de edad en tiempos del emperador Suni-nin -que reinó entre el año 29 a. de C. y el 60 d. de C- y tras una década volvió a Jerusalén. Allí pasó lo que todos sabemos, pero con una importante novedad: no le crucificaron a él sino a su hermano gemelo Isukiri, que murió en su lugar. Con remordimientos, regresó a Japón a través de Siberia, se casó con una japonesa llamada Yumiko, tuvo tres niñas y entre sus cultivos de arroz y sus parábolas, se murió de viejo a la avanzada edad de 106 años, aunque otros dicen que con 114 años.
La tumba y el cuerpo de Jesús -en japonés Torai Taro Daitengu- se encontraría exactamente en el pueblo Shingo, famoso por sus ajos -antes llamado Herai- en concreto en unos túmulos llamados Torai-Zuka, cerca de Hatsidaté, en el distrito de Ayomori. El otro túmulo que se encuentra a su lado se considera que es la tumba de su hermano Isukiri -donde estañan enterradas, a modo de reliquias, las orejas y el cabello-.
*Francia: la tumba de Rennes*
Hace más de una década, los autores ingleses Andrews y Schellenberger publicaron La tumba de Dios (1996), en el que aseguran que un grupo de iniciados ha mantenido en secreto el lugar exacto de su emplazamiento para que la fe de los cristianos no se desmoronara al saber la verdad. Pero ellos dicen que ha llegado la hora de revelar que estaña en las laderas del monte Cardou, a 5 km del mítico pueblo de Rennes-le-Château, en el sur de Francia.
En esta obra se plantean dos hipótesis. La primera es que Jesús sobreviviera a la crucifixión y fuese ocultado por José de Arimatea de los romanos, siendo éste quien le ayudó a huir de Judea para ir al Languedoc, tierra de judíos por entonces.
La segunda es que muriera en la cruz. Sus restos entonces serían robados por sus discípulos para embalsamarle y darle una sepultura lejos de allí, en el sur de Francia.
La primera posibilidad es la que inspiró a Baigent, Leigh y Lincoln una investigación detectivesca en la que plantearon una teoría conspiracionista donde entraba en juego un “enigma sagrado” y un “legado mesiánico” que culminaría con el advenimiento de un rey francés, descendiente del linaje de Jesús, a través de los merovingios.
Andrews y Schellenberger fundan sus conclusiones en el descubrimiento de unas complicadas estructuras geométricas ocultas en dos “pergaminos en clave” que halló el mítico cura de Rennes, Bérenger Sauniére, así como en varios cuadros relacionados con el asunto. Todo ello son pistas que interpretan como un conjunto de “instrucciones” que, trasladadas a un mapa de la comarca, señalan el emplazamiento del monte Cardou como el lugar donde se encontrará el gran “secreto”.
Así pues son muchas las tumbas, unas vacías y otras con un extraño morador aún en su interior que las tradiciones se empeñan en decirnos que es el mismísimo Jesús de Nazaret, un mesías que tuvo una segunda vida lejos de su lugar de nacimiento.
ANEXOS
*¿Los huesos de Jesús fueron incinerados por Juliano el Apóstata?*
Existe una leyenda atribuida al emperador romano Juliano el Apóstata con todos los visos de ser falsa, pero que tiene que ver con el paradero de la tumba de Jesús. Se cuenta que el 1 de agosto del año 362 hizo un viaje a Antioquía, y allí tuvo conocimiento de la existencia de una secta que visitaba una tumba en Makron (Samaria) donde se adoraba el cadáver de alguien que había muerto crucificado y del que decían que había resucitado. Creyó que todo era una vulgar superstición, así que Juliano ordenó abrir la tumba encontrando los restos de un condenado a muerte que todavía tenían colgada la placa de madera donde ponía el motivo por el cual esa persona había sido ejecutada, supuestamente con las letras INRI. Le contaron que el cadáver fue robado de su osario legal y el cuerpo fue trasladado aquí por sus discípulos. Juliano tomó una drástica decisión: a pesar de que la cremación estaba prohibida para los judíos, mandó incinerar el cadáver para acabar con su culto. La leyenda sigue diciendo que parece ser que además se encontraron dos lápidas: una con el nombre de María y otra con el nombre de Pedro. Los cristianos, viendo lo que había hecho Juliano, salieron del paso diciendo que era el cadáver del Bautista.
*El Corán da su versión*
El Corán habla de Jesús de Nazaret al que considera un profeta, el que preparó la llegada a Mahoma, y respecto a su muerte deja las cosas bien claras: “Y dijeron: ‘Hemos matado al Mesías Jesús, hijo de María, el Mensajero de Allah’, Pero no le mataron ni le crucificaron, sino que se les hizo confundir con otro a quien mataron en su lugar”, Sura 4-157. Esta es una creencia generalizada de todos los musulmanes: Jesús no murió en la cruz y nunca pudo resucitar. Jesús entraría así en la misma categoría de Enoc o de Elías, que ascendieron a los cielos en cuerpo físico y se encuentran esperando al día del Juicio Final para regresar a este mundo.
*Escritores heterodoxos*
Como es lógico, este tema ha suscitado mucha polémica desde hace siglos. Todo lo que se refiere a Jesús vende, y mucho más si trastoca alguno de los dogmas generalmente aceptados. Incluso algunos novelistas han escrito libros que ponen en duda la muerte en la cruz de Cristo y, por consiguiente, de la ubicación de su cuerpo en otros lugares diferentes al Santo Sepulcro. George Moore publicó en 1916 su novela El arroyo de Keríth, y causó un considerable escándalo al decir que Jesús sobrevivió a la crucifixión y fue curado por José de Arimatea. El mismo escándalo que levantó Robert Graves cuando, en 1946, publicó El rey Jesús en el que también sale vivo de la cruz. Incluso un tratadista bíblico como el doctor Hugh J. Schonfield, en El complot de Pascua (1963), se atrevió a sugerir que Jesús montó su propia crucifixión ficticia, no falleciendo en el Gólgota. Y la guinda la ha puesto la novela de Dan Brown, El código Da Vinci, con María Magdalena en escena dándole una hija y todo un linaje griálico.
Del hermano de Jesús se veneran las orejas y el cabello, muy cerca de su tumba japonesa.
Los hallazgos recientes de tumbas con los nombres de la Sagrada Familia han sido rápidamente descartados.
Sea como fuere las tradiciones señalan que Jesús murió a los 104 años; incluso hay quien se atreve a llegar a los 120.
Al margen del Santo Sepulcro o la Tumba del Jardín, hay seis sitios más que se disputan la última morada de Jesús.





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