Las crónicas clásicas hablan de peonadas de 100.000 obreros trabajando por turnos de tres meses durante veinte años para edificar las grandes pirámides de Keops y Kefren (“Trabajaban por bandas de cien mil hombres, cada una tres meses”). Pero estos escritos, que son los más antiguos que se conocen sobre el tema, se deben a Herodoto de Halicarnaso, y datan por tanto del siglo V a C. Comparados con las pirámides, son como quien dice de anteayer. Cuando el ‘padre de la Historia’ viajó por Egipto, hacía dos milenios que las pirámides habían dejado de ser construidas, y estos monumentos eran muy remotas antigüedades, tan distantes para él en el tiempo como separada está la época de Herodoto (la de la Grecia clásica) de la nuestra. Otros autores clásicos que visitaron luego la tierra de los faraones, y dejaron también sus testimonios por escrito, fueron Estrabón y Diodoro de Sicilia.
Lo más probable es que, además de nutridos equipos de canteros, obreros y albañiles eficientemente coordinados por arquitectos y capataces, la población entera del país del Nilo estuviera directa o indirectamente al servicio de la faraónica construcción. Los campesinos laborarían las tierras para garantizar, vía tributos, el suministro de alimentos a los trabajadores a pie de obra. En los meses estivales, cuando se producía la inundación anual del río Nilo, que irrigaba y a la vez fertilizaba los campos, los labriegos quedaban ociosos, en compás de espera hasta la bajada de las aguas y el comienzo de la temporada de siembra, por lo que su fuerza de trabajo sería reclutada para la erección de la pirámide.
No se crea que la práctica de la leva forzosa de mano de obra entre el campesinado es cosa del pretérito, algo que desapareció con la antigua civilización faraónica. En la segunda mitad del siglo XIX después de Cristo, con motivo de la construcción del Canal de Suez, el gobierno egipcio (entonces bajo el virreinato de Said Pachá) movilizó por la fuerza a miles de campesinos, adultos y niños, desplazándolos lejos de sus casas y aldeas, para obligarles a participar en la excavación del inmenso conducto que iba a conectar los mares Mediterráneo y Rojo. Ya por entonces lady Duff-Gordon denunciaba en sus cartas la abrumadora opresión sufrida a diario por los ‘fellahs’ o campesinos egipcios, que eran reclutados lo mismo para el servicio militar que para obras civiles de interés público, o acribillados a impuestos, al mismo tiempo que eran objeto de todo tipo de vejaciones y malos tratos. En 1940, el novelista egipcio Tewfik el-Hakim escribía en ‘Diario de un juez sustituto rural’: “¡Temible burocracia! La tiranía y la humillación son tratamientos habitualmente empleados, desde el jefe hasta el último subordinado: el ministro hace temblar al mudir, quien aterroriza al maamur, el cual acosa al omda, y éste trata como a un animal al desgraciado fellah, sobre quien acaba por recaerle todo.”
Volviendo al tiempo de las pirámides, hay que precisar que todos los operarios involucrados en las construcciones reales recibían un salario del Estado, en forma de alimentos (si hemos de creer a Herodoto, éste se reduciría a raciones de rábanos, cebollas y ajos), y su alojamiento estaba organizado en grandes barriadas de casas de familias de obreros y artesanos levantadas a no mucha distancia de los campos de trabajo: las llamadas ‘ciudades de las pirámides’, de las que quedan abundantes vestigios. El difundido tópico de que las pirámides eran levantadas por esclavos no deja de ser un cliché con posible origen en el cine hollywoodiense, ya que no hay constancia del menor indicio de que en aquella época existiese la esclavitud en Egipto.
¿Sería igual la esclavitud nazi?
Es que los judíos han sido siempre esclavos… y aún hoy lo son (de su mala leche)
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