La verdadera Revolución Francesa

el Doctor Encausse, quien en su obra “Traité élémentaire d’occultisme” dejó escritas estas palabras: “Hay ingenuos que abren los libros de Historia donde se encuentra una idílica imagen representando a un señor que gesticula y que grita ¡A la Bastilla! Esos incautos se figuran simplemente que la toma de la Bastilla se efectuó gracias al furor popular desencadenado por el gesto soberbio del tribuno. Sin embargo, yo lamento decirles que se engañan grandemente, pues hicieron falta cuarenta y dos años para preparar el grito de Camille Desmoulins. Para tomar la Bastilla fue necesario que todos los oficiales que debían estar de guardia en Versalles ese día pertenecieran a la orden masónica; hizo falta asegurarse la complicidad de los más altos servidores del rey; y se necesitó que los cañones que sirvieron para la toma de la Bastilla fueran transportados a los Inválidos quince días antes por hombres entregados a la causa. En fin, fue preciso orquestar una revuelta y lanzar a los parisinos al asalto de la fortaleza del Estado”.

Antes de penetrar en el análisis de la Revolución Francesa, diré que hay grandes similitudes de fondo entre las tres revoluciones (inglesa, americana y francesa).

Por contra, lo que marcó el carácter específico de la Revolución Francesa fue el hecho de que, en su asalto al poder político e institucional, la burguesía tuvo que recurrir a las masas populares.

Por lo demás, las convulsiones sociales que posibilitaron el acaparamiento del poder político por parte de la burguesía no fueron más que la culminación de un proceso que se venía gestando desde mucho tiempo atrás. En el siglo XVIII, e incluso antes, la burguesía francesa dominaba por completo el panorama económico de aquel país, situándose a la cabeza tanto del comercio como de la industria y las finanzas. De sus filas procedían igualmente la mayor parte de los cuadros técnicos de la administración monárquica. Por otra parte, el esquema ideológico burgués y su escala de valores (presidida por el culto al dinero) impregnaban desde hacía tiempo la mentalidad de las capas superiores de la clase aristocrática. Ya es bien significativo el hecho de que los conciliábulos donde se incubaron y desde donde se propalaron las consignas burguesas de la Ilustración encontraran su mejor acogida en los salones de la aristocracia. Naturalmente, la burguesía tenía plena consciencia de que su hegemonía económica y su ascendiente ideológico sobre la población le facultaban para abordar la segunda fase del proceso, esto es, la conquista del poder institucional.

Por lo que se refiere al estamento eclesial, otro de los pilares seculares del orden aristocrático, su grado de putrefacción había alcanzado cotas igualmente considerables; al punto que en la Francia de entonces las palabras clérigo y disoluto llegaron a convertirse poco menos que en términos sinónimos. Todo ello sin olvidar que una parte considerable del alto clero compartió desde muy pronto los postulados de la nueva ideología, y que casi la mitad de los párrocos franceses juraron fidelidad a la Constitución de 1790, que consagraba los principios del nuevo régimen. La profunda aversión al estamento clerical y a sus usos depravados, unido al arraigo que, pese a todo, siguieron manteniendo las creencias religiosas entre amplios sectores de la población, fueron bazas que la oligarquía burguesa supo instrumentalizar en cada coyuntura como mejor convino a sus intereses.

Nadie sería más explícito a este respecto que Napoleón Bonaparte, cuando afirmara que “la sociedad no puede existir sin la desigualdad de las fortunas, y la desigualdad de las fortunas no puede existir sin la religión”. Esta frase refleja a la perfección el concepto que del hecho religioso tuvo siempre la mentalidad burguesa, una mentalidad patológica en su esencia y patógena en su proyección. A la descomposición del Antiguo Régimen, que sin duda constituyó un factor básico en el desencadenamiento del proceso, se sumó la regresión económica sobrevenida a partir de 1778, y que en realidad no fue sino el detonante..

Sobra decir que en todo ese ejercicio de fuerza, el tan largamente invocado papel de las masas no fue sino el de mera comparsa, como los acontecimientos sucesivos demostrarían hasta la saciedad. Nada menos oportuno, por tanto, que extenderse en argumentos para desmontar el mito de la revolución espontánea, una más de las innumerables patrañas consagradas por la intoxicación oficial. Además de la experiencia histórica (y de la lógica más elemental), que ha acreditado sin excepción que las revueltas populares verdaderamente espontáneas jamás rebasaron el grado de simple motín, se cuentan por centenares los datos y los testimonios que no dejan lugar a dudas sobre la autoría de la orquestación. Esa estructura minuciosamente organizada a través de la cual la oligarquía burguesa alcanzó sus objetivos no fue otra que la francmasonería:

Resulta que todos los ideólogos del nuevo régimen y de la Revolución, y la totalidad de sus dirigentes políticos, sin ninguna excepción sobresaliente, fueron feligreses de las logias. Desde los teóricos y propagandistas de la primera hora, como D’Alembert, Montesquieu, Rousseau, Condorcet o Voltaire, hasta los activistas más destacados del proceso revolucionario, del Directorio y del régimen bonapartista, como Mirabeau, Desmoulins, Robespierre, Danton, Saint-Just, Marat, Hebert, Fouché, Siéyès, o el propio Napoleón. Todo ello sin contar, claro está, los innumerables clérigos afiliados a la secta. Masónicos igualmente eran los símbolos republicanos (gorro frigio, bandera republicana) y el himno revolucionario (la marsellesa), compuesto por el adepto Rouget de L’Isle y cantado por vez primera en la logia de los Caballeros Francos de Estrasburgo. Lo mismo podría decirse de las consignas ideológicas, comenzando por la más hipócrita y falaz de todas ellas (”libertad, igualdad, fraternidad”), amparo desde entonces de masacres y tiranías, y artificio que bastante antes de convertirse en el eslogan señero del régimen burgués era ya la divisa de las logias masónicas. Bien es cierto que sus creadores y propaladores nunca han interpretado tan capcioso señuelo con el papanatismo habitual de sus incautos destinatarios, sino de un modo muy distinto. Véase, si no, el modo en que se manifestaba sobre ese particular Jules Boucher, alto grado de la Gran Logia de Francia, en declaraciones recogidas por el órgano oficial de dicha logia, la revista Humanisme, en su número de abril 1990: “¿Libertad? La libertad masónica es muy relativa. La masonería ha multiplicado las obligaciones a las cuales debe someterse el francmasón, lo que significa obediencia, y dictado reglamentos draconianos cuya enumeración precisaría un volumen de casi doscientas páginas. ¿Igualdad? La masonería es la negación misma de la igualdad. Sus grados y su jerarquía recuerdan constantemente al francmasón que la igualdad es un mito. ¿Fraternidad? El masón sincero constata con pesar que la fraternidad no es más que una palabra vacía de sentido en su aplicación real”.

Por lo que se refiere a la participación fáctica de la francmasonería en el proceso revolucionario, ostensible ya desde el primer momento, tampoco escasean los testimonios de la propia casa que reducen a escombros la falacia de la espontaneidad. Figura entre ellos el de M. Zeller, gran maestre del Gran Oriente Francés, quien en 1973, con motivo del bicentenario de la fundación de esa logia, declaraba lo siguiente: “Las logias masónicas fueron el crisol donde se ha formado, desarrollado y enriquecido el pensamiento republicano y progresista. Ellas constituyeron a través de Francia entera una vasta asamblea en el seno de la cual se elaboraron los programas y las perspectivas de lucha que debían permitir el nacimiento y el desarrollo del régimen republicano”. En la misma línea se sitúan las manifestaciones de M. Béhar, gran maestre del Gran Oriente de Francia, a la revista Humanisme, en mayo de 1975: “En Francia, es en el seno de las logias masónicas donde se elaboraron las ideas que han sido en buena medida el motor de la revolución burguesa de 1789″; a lo que la propia revista añadía: “Es conveniente recordar que la francmasonería está en el origen de la Revolución Francesa....Durante los años que precedieron a la caída de la monarquía, la Declaración de los Derechos del Hombre y la Constitución fueron larga y minuciosamente elaboradas en las logias masónicas. Y, naturalmente, desde que fuera proclamada la República Francesa se adopta la divisa prestigiosa que los francmasones habían inscrito siempre en el Oriente de su Templo: Liberté, Egalité, Fraternité”. Más explícito aún habría de ser un francmasón de tronío, el Doctor Encausse, quien en su obra “Traité élémentaire d’occultisme” dejó escritas estas palabras: “Hay ingenuos que abren los libros de Historia donde se encuentra una idílica imagen representando a un señor que gesticula y que grita ¡A la Bastilla! Esos incautos se figuran simplemente que la toma de la Bastilla se efectuó gracias al furor popular desencadenado por el gesto soberbio del tribuno. Sin embargo, yo lamento decirles que se engañan grandemente, pues hicieron falta cuarenta y dos años para preparar el grito de Camille Desmoulins. Para tomar la Bastilla fue necesario que todos los oficiales que debían estar de guardia en Versalles ese día pertenecieran a la orden masónica; hizo falta asegurarse la complicidad de los más altos servidores del rey; y se necesitó que los cañones que sirvieron para la toma de la Bastilla fueran transportados a los Inválidos quince días antes por hombres entregados a la causa. En fin, fue preciso orquestar una revuelta y lanzar a los parisinos al asalto de la fortaleza del Estado”. Los hechos a los que aludiera el Doctor Encausse fueron minuciosamente descritos por Funck-Bretano en “Légendes et archives de la Bastille“, un documento riguroso y exhaustivo en el que se desvelan las claves de esa gran falsificación histórica, una más entre otras tantas, así como el papel desempeñado en aquel suceso por las bandas de criminales a sueldo reclutados en Alemania y Suiza por la Logia de los Illuminati, y financiados por los traficantes y agiotistas de Estraburgo. En esa obra se revela igualmente la identidad de los reclusos de la Bastilla, las famosas “víctimas políticas del absolutismo” liberadas por los asaltantes. Siete eran los prisioneros: de Whyte y Tavernier, dos pobres enajenados que inmediatamente después serían recluídos por el régimen republicado en Charenton; el conde de Solages, un libertino culpable y convicto de crímenes espeluznantes; y cuatro defraudadores; Laroche, Béchade, Pujade y La Corrége, encarcelados por falsificar letras de cambio en perjuicio de dos banqueros parisinos, un hecho que no impediría al sistema plutocrático surgido a raíz de aquel suceso elevarlos a la categoría de víctimas de la tiranía. Peor suerte correrían tres años después los ocupantes de las cárceles y hospicios parisinos del régimen de la “fraternité”, ocupantes que fueron masacrados en masa y entre los cuales figuraban delincuentes comunes, enfermos mentales, mendigos y niños abandonados. En último término convendrá significar que la masonería moderna es, entre otras cosas, sinónimo de plutocracia. No obstante, se engañaría quien pensara que la operatividad de esta organización se reduce a sus objetivos hegemónicos en el terreno económico y político, ya que en el ámbito ideológico ha venido desempeñando asimismo un papel determinante a la hora de conformar la mentalidad actual. Y es que sin el arraigo social de sus falacias humanistas, ese repertorio de tópicos que sirven de cobertura al materialismo moderno, tal hegemonía nunca habría sido posible. Vistos ya los resortes que desencadenaron la Revolución, es llegado el momento de ver su popularización (servicio al pueblo) real.

La dinámica de los hechos demostró desde el primer momento que el liberalismo económico constituía la piedra angular del nuevo régimen. Así, la ley Allarde del 2 de marzo de 1791 suprimió no sólo las prerrogativas reales de la industria manufacturera, sino también las corporaciones y asociaciones gremiales, base de la economía productiva artesanal. Simultáneamente fueron decretadas la libertad mercantil y la libertad laboral, aunque eso sí, en virtud de la ley Le Chapelier del 14 de junio de 1791, quedaron excluídos del nuevo marco “libertario” los derechos de asociación y de huelga. En el ámbito rural, la redención de las rentas establecida por el Decreto del 3 de mayo de 1790, y la supresión de los diezmos decretada el 11 de marzo de 1791, fueron un malabarismo infame que, además de beneficiar exclusivamente a los propietarios, abocó al campesinado francés a una situación aún peor que la que padecía antes. No en vano se estaban sentando las bases del capitalismo “liberal”, en virtud del cual la libertad pasaba a ser una abstracción puramente ornamental para los más, al tiempo que un útil de acaparamiento y poder para una reducida minoría. Con anterioridad a todas esas medidas, ya en noviembre de 1789 habían sido confiscados todos los bienes eclesiales, a los que se añadirían tiempo después los recursos expropiados a los exiliados del Terror. Fueron los denominados “bienes nacionales”, que constituyeron una fuente de beneficios inmensos para la burguesía jacobina, y cuya titularidad pasaría a manos de la nueva clase dominante. En el terreno de las libertades civiles y políticas, la revolución burguesa dejó bien claro desde el principio cuál era el sentido de su magnánima liberalidad. Ya en los años de la Ilustración, los editores de la libérrima Enciclopedia, Diderot y D’Alembert, se habían dirigido a Malesherbes, responsable de las publicaciones durante el reinado de Luis XVI, para solicitarle la censura y, en su caso, el secuestro de todos aquellos escritos que criticasen la Enciclopedia. Pero el infortunado funcionario, protector y valedor, por otra parte, de los enciclopedistas ante la Adminsitración real, tuvo la mala ocurrencia de rechazar dicha solicitud. Tiempo después, en 1794, habría de pagar muy cara su torpe interpretación de la tolerancia burguesa, siendo guillotinado. Aquello no fue más que un simple antecedente de la tolerancia actual, en cuyo nombre la Inquisición progresista exige el absoluto respeto para sus clichés ideológicos y sus esnobismos sórdidos, mientras reduce al silencio o a la ignominia (cuando no puede ir aún más lejos) a quienquiera que se atreva a rebatirlos. No obstante los negros presagios enciclopedistas, una vez desencadenado el proceso revolucionario la situación mejoraría ostensiblemente. La libertad religiosa fue abolida, permitiéndose únicamente los cultos disidentes. La libertad de prensa corrió parecida suerte. En 1792, y sólo en París, fueron clausurados de un plumazo once diarios: La Hoja del Día, El Amigo del Rey, La Gaceta Universal, Los Anales Monárquicos, La Gaceta de París, El Diario de París, El Espectador y Moderador Nacional, El Diario de la Corte y de la Villa, El Boletín de Medianoche, El Diario Eclesiástico, y El Logógrafo. Eran todavía los buenos tiempos, pues lo peor estaba aún por ocurrir. Por lo que se refiere los derechos civiles más relevantes, como el de ingresar en la Guardia Nacional o el de sufragio, ambos estuvieron limitados, con arreglo a los cánones de la democracia censataria, a los ciudadanos activos, esto es, a aquéllos cuyo nivel de rentas les permitía pagar la contribución directa, inasequible para la mayoría.

Hablar de igualdad en un sistema cuyo fundamento social y político es esencialmente oligárquico no pasaría de ser un escarnio. En cuanto a la fraternidad, esa flor que, como todo el mundo sabe, se desarrolla pródigamente en la sociedad competitiva y materialista alumbrada por el capitalismo moderno, bastará con remitirse a las calamidades y matanzas que el nuevo régimen perpetró para consolidarse si se quiere comprender su exacta significación. Pero el elemento central del sistema burgués a la hora de articular su régimen político, y el que suscitaría, alternativamente, el apoyo y el recelo de las capas subordinadas de la población, fue, sin duda, el concepto de democracia.

Tal vez fuera el infortunado Varlet quien mejor retrató a la izquierda jacobina, a los “patriotas” revolucionarios, cuando en las páginas de su periódico les dedicara estas palabras: “Ayer no teníais otra cosa que un comercio minúsculo, y hoy tenéis almacenes inmensos; ayer no erais sino empleados insignificantes de oficinas y hoy armáis barcos de guerra; ayer vuestra familia tendía la mano al primer llegado, y hoy hace alarde de un lujo insolente. En verdad que ya no me sorprende que haya tantas personas amantes de la Revolución; les ha proporcionado un buen pretexto para acumular patrióticamente y en poco tiempo riquezas sobre riquezas”.

La idea de no formar más que una sola clase de ciudadanos habría gustado a Richelieu; esa superficie igual facilita el ejercicio del Poder. Varios reinados de un gobierno absoluto no habrían hecho tanto por la autoridad real como este único año de Revolución”. En aquellas breves líneas estaba condensado de manera magistral y con muchas décadas de adelanto el trasfondo del nuevo Poder y la naturaleza de la nueva sociedad que las revoluciones burguesas iban a alumbrar. En unas pocas palabras se apuntaba con diabólica perspicacia la magnitud de un dominio asentado y ejercido sobre una masa uniformizada.*


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