HOMOIDES VIP

Hay una mujer de 42 años, una auxiliar administrativa de California conocida en la literatura médica por las iniciales AJ, que recuerda prácticamente todos los días de su vida desde los 11 años. En cambio, un técnico de laboratorio jubilado llamado EP, fallecido el pasado mes de marzo a los 85 años de edad, sólo era capaz de recordar su pensamiento más reciente. Es probable que ella tenga la mejor memoria del mundo. Y que la de él fuera la peor.
«Mi memoria fluye como una película, incesante e incontrolable», dice AJ. Recuerda que a las 12.34 horas del domingo 3 de agosto de 1986, un joven que le gustaba la llamó por teléfono. Recuerda lo que pasó en la serie de televisión Murphy Brown el 12 de diciembre de 1988. Y que el 28 de marzo de 1992 comió con su padre en el hotel Beverly Hills. Recuerda acontecimientos de importancia mundial y viajes al supermercado, el tiempo que hacía y sus emociones. Prácticamente todos sus días están ahí. No resulta fácil sorprenderla en un olvido.
A lo largo del tiempo, han existido personas con una memoria excepcionalmente buena. Se dice que Kim Peek, el hombre de 56 años con síndrome del sabio que inspiró la película Rain Man, ha llegado a memorizar 12.000 libros (lee a un ritmo de 8 a 10 segundos por página). S, el periodista ruso a quien el neuropsicólogo de igual nacionalidad Alexander Luria estudió durante 30 años, podía recordar listas de palabras, de números y de sílabas inconexas increíblemente largas años después de haberlas oído. Pero el caso de AJ es único. Su memoria no es extraordinaria por recordar datos o números, sino por recordar su vida entera. De hecho, su inagotable capacidad para retener detalles autobiográficos no tiene precedentes, y es tan poco habitual que James McGaugh, Elizabeth Parker y Larry Cahill, los neurocientíficos de la Universidad de California en Irvine que llevan siete años estudiándola, han tenido que bautizarla con un nuevo término médico: hipermemoria.
EP era un hombre de 1,80 metros de altura, de cabellos blancos pulcramente peinados, cordial y amable. Se reía mucho. A primera vista, parecía el típico abuelo simpático. Pero 15 años antes de fallecer, el virus Herpes simplex se le metió en el cerebro y lo devoró por dentro. Tras los estragos del virus, dos trozos de materia encefálica del tamaño de una nuez habían desaparecido de los lóbulos temporales medios y, con ellos, la mayor parte de la memoria de EP.
El virus atacó con endiablada precisión. Los lóbulos temporales medios (uno a cada lado del cerebro) incluyen una estructura curva llamada hipocampo y varias regiones adyacentes, que en su conjunto cumplen con la mágica tarea de convertir nuestras percepciones en memoria a largo plazo. Los recuerdos no se almacenan en el hipocampo (residen en otro lugar, en las replegadas capas externas del cerebro, el neocórtex), pero ésa es la parte del cerebro que los consolida. El hipocampo de EP quedó destruido, y sin él EP se convirtió en una especie de videocámara sin cabezal de grabación: veía pero no registraba.
EP padecía dos tipos de amnesia: anterógrada, es decir, que no podía formar recuerdos nuevos, y retrógrada, que tampoco podía evocar recuerdos del pasado, al menos los posteriores a 1960. Su infancia, su paso por la marina mercante y la segunda guerra mundial permanecieron perfectamente vividos en su memoria. Pero para él, hasta el último instante de su existencia, el litro de gasolina siguió costando 25 centavos de dólar y el hombre nunca había pisado la Luna.
AJ y EP son los extremos del espectro de la memoria humana, y sus casos dicen más que cualquier escáner cerebral sobre la memoria y su capacidad de convertirnos en quienes somos. Aunque los demás nos situamos en algún punto intermedio entre esos dos polos, todos hemos experimentado en mayor o menor medida la habilidad de AJ y el temido destino de EP. Esos 1,3 kilos de materia replegada situados en lo alto de nuestra columna vertebral pueden retener durante toda la vida los detalles más nimios de nuestras experiencias infantiles, pero con frecuencia son incapaces de retener durante dos minutos un número de teléfono importante. Así de rara es la memoria.
¿Qué es un recuerdo? De momento, la mejor definición que pueden aportar los neurocientíficos es ésta: un recuerdo es un patrón de conexiones entre neuronas almacenado en el cerebro. Hay alrededor de 100.000 millones de neuronas, cada una de las cuales puede establecer quizás entre 5.000 y 10.000 conexiones sinápticas con otras neuronas, lo que hace un total de entre 500 y 1.000 billones de sinapsis en un cerebro adulto medio. En comparación, todos los fondos impresos conservados en la Biblioteca del Congreso de Washington suman apenas 32 billones de bytes de información. Cada sensación que recordamos, cada idea que concebimos altera las conexiones dentro de esa vasta red. Se fortalecen o debilitan las viejas sinapsis, o se forman otras nuevas. Nuestra sustancia física cambia. De hecho, cambia constantemente, en todo momento, incluso mientras dormimos.
Fui a ver a EP a su casa, en los alrededores de San Diego, un caluroso día de primavera. Llegué acompañado de Larry Squire, neurocientífico e investigador de la memoria de la Universidad de California en San Diego, y de Jen Frascino, la coordinadora de investigación del laboratorio de Squire, que visitaba periódicamente a EP para someterlo a tests cognitivos. Frascino estuvo unas 200 veces en casa de EP. Él siempre la recibía como si la acabara de conocer.
Frascino se sentaba frente a EP en la mesa del comedor y le hacía una serie de preguntas para comprobar su inteligencia funcional básica. Le preguntaba en qué continente está Brasil, el número de semanas que tiene el año y la temperatura a la que hierve el agua. Quería corroborar lo que los tests de inteligencia ya habían revelado: EP no era ningún tonto. Respondía con paciencia y corrección a todas las preguntas, con la misma expresión de desconcierto que tendría yo si una desconocida entrara en mi casa, se sentara a mi lado y me preguntara con toda seriedad si sé a qué temperatura hierve el agua.
«¿Qué haría usted si encontrara en la calle un sobre cerrado, con una dirección escrita y un sello de correos pegado?», preguntó Frascino.
«Ponerlo en un buzón, ¿qué otra cosa iba a hacer?», respondió EP, riendo entre dientes y mirándome de reojo, como diciendo: «¿Creerán que soy tonto?». Pero percibiendo que la situación requería cierta cortesía, se volvió otra vez hacia Frascino y añadió: «Una pregunta muy interesante. Verdaderamente interesante». Ni siquiera sospechaba que ya la había oído infinidad de veces.
«¿Por qué cocinamos la comida?»
«¿Porque está cruda?»
«¿Por qué estudiamos historia?»
«Pues… estudiamos historia para saber lo que sucedió en el pasado.»
«¿Pero por qué queremos saber lo que sucedió en el pasado?»
«Porque es interesante, supongo.»
EP llevaba en la muñeca izquierda una pulsera de alerta médica. Aunque era evidente por qué la llevaba, le pregunté para qué servía. Giró la muñeca y, sin darle ninguna importancia, leyó la pulsera.
«Mmm. Dice “pérdida de memoria”.»
EP ni siquiera recordaba que tenía un problema de memoria; lo descubría a cada momento como si fuera la primera vez. Y como olvidaba que siempre lo olvidaba todo, cada idea perdida le parecía un pequeño olvido casual, algo sin importancia, como nos lo parecería a cualquiera de nosotros.
Desde el comienzo de su enfermedad, el espacio se redujo para EP a su campo visual. Su universo social abarcaba solamente a las personas que se hallaban en su misma habitación.
En un día normal, EP se despertaba por la mañana, tomaba el desayuno y volvía a meterse en la cama para escuchar la radio. Una vez en la cama, no siempre tenía claro si ya había tomado el desayuno o si acababa de despertarse, de modo que a veces desayunaba de nuevo y volvía a meterse en la cama, para escuchar un poco más la radio. Algunas mañanas desayunaba tres veces. Después miraba la televisión, que resultaba ser muy interesante de segundo en segundo, aunque los programas con principio y final podían plantearle problemas. Le gustaba sobre todo el canal de historia o cualquier cosa sobre la segunda guerra mundial. Salía a caminar por el vecindario, a menudo varias veces antes del almuerzo, en paseos de hasta tres cuartos de hora. Se sentaba en el jardín. Leía el periódico, que para él debía de ser como salir de una máquina del tiempo. ¿Bush? ¿Iraq? ¿Ordenadores? Cuando llegaba al final de un titular, por lo general había olvidado cómo empezaba. Casi siempre, después de leer la predicción meteorológica hacía garabatos en el periódico, pintaba bigotes a las fotografías o trazaba el contorno de su cuchara sobre el papel. Cuando veía los precios de las casas en la sección inmobiliaria, invariablemente expresaba un asombro escandalizado.
Sin memoria, EP se había salido por completo del tiempo. Del río de la conciencia sólo le quedaban gotas aisladas, que se evaporaban de inmediato. Si alguien le hubiera quitado el reloj que llevaba en la muñeca (o, para mayor crueldad, si le hubiera cambiado la hora), estaría totalmente perdido. Atrapado en el limbo de su eterno presente, entre un pasado que no recordaba y un futuro que no podía imaginar, vivía una existencia tranquila, completamente libre de preocupaciones. «Fue feliz todo el tiempo. Supongo que fue así porque no tenía ningún estrés en la vida», dice su hija Carol.
«¿Qué edad tiene usted?», le preguntó Larry Squire.
«No sé, 59 o 60. Ahí me ha pillado. Mi memoria no es perfecta. Tampoco es mala, pero a veces me preguntan cosas que no puedo recordar con exactitud. Seguro que a usted también le pasa alguna vez.»
«Ya lo creo», respondió amablemente Squire, aunque EP había equivocado la respuesta en más de un cuarto de siglo.
Gran parte de lo que la ciencia sabe sobre la memoria proviene del estudio de un cerebro lesionado, notablemente similar al de EP. Pertenece a un hombre de 82 años conocido por HM, que padece amnesia y vive en una residencia de Connecticut. HM sufría epilepsia desde los 10 años de edad, a raíz de un accidente de bicicleta. A los 27, sufría varios ataques a la semana y ya no podía hacer casi nada. Un neurocirujano llamado William Beecher Scoville creyó posible aliviarle los síntomas mediante una intervención quirúrgica experimental que consistía en extirparle la parte del cerebro que él consideraba causante del problema.

En 1953, estando HM despierto en la mesa de operaciones y con el cuero cabelludo anestesiado, Scoville le taladró un par de orificios por encima de los ojos. A continuación le levantó la parte frontal del cerebro con una espátula pequeña y le succionó con una cánula metálica la mayor parte del hipocampo, junto con una parte considerable de los lóbulos temporales medios adyacentes. La cirugía redujo la frecuencia de los ataques epilépticos de HM, pero muy pronto se hizo evidente que también le había extirpado la memoria.
Durante los 50 años siguientes, HM fue objeto de incontables experimentos y se convirtió en el paciente más estudiado en la historia de la ciencia neurológica. Puesto que su caso era el trágico resultado de la cirugía llevada a cabo por Scoville, todos supusieron que se trataba de un caso único.
EP desmintió ese supuesto. Lo que Scoville hizo a HM con una cánula metálica se lo hizo la naturaleza a EP con Herpes simplex. Colocadas una junto a otra, las imágenes en blanco y negro de las resonancias magnéticas son increíblemente parecidas, aunque el daño de EP está un poco más extendido. Incluso sin saber mucho del aspecto que debe tener un cerebro normal, los dos huecos simétricos parecen un par de ojos capaces de devolverle la mirada al observador.
Al igual que EP, HM era capaz de retener los recuerdos sólo el tiempo suficiente para pensar en ellos, pero en cuanto su cerebro pasaba a otro tema, los perdía para siempre. En un famoso experimento, la psicóloga canadiense Brenda Milner pidió a HM que recordara el número 584 durante tanto tiempo como le fuera posible. Para no olvidarlo, HM recurrió a un complicado sistema, que le explicó a Milner:
«Es fácil. Sólo hay que recordar el 8, porque si sumas 5, 8 y 4, te da 17. Si recuerdas el 8, lo restas de 17 y te da 9. Después divides 9 por la mitad y te da 4 y 5. Y ya está: 584. Muy fácil.»
Se concentró en ese complejo proceso durante varios minutos. Pero en cuanto se distrajo, el número se esfumó. Ni siquiera recordaba que le habían pedido que recordara algo. Aunque ya desde finales del siglo XIX los científicos sospechaban que había una diferencia entre memoria a corto plazo y memoria a largo plazo, HM les ha aportado pruebas de que ambos tipos de memoria residen en distintas partes del cerebro y de que, en ausencia de una gran parte del hipocampo, es imposible convertir un recuerdo reciente en recuerdo a largo plazo.
Estudiando a HM, los investigadores también han indagado acerca de otra forma de memoria. Aunque HM era incapaz de decir qué había desayunado o el nombre del presidente de Estados Unidos, había cosas que podía recordar. Milner descubrió que era capaz de aprender tareas complicadas sin darse cuenta. En un experimento, la investigadora demostró que HM podía aprender a trazar el contorno de una estrella de cinco puntas sobre un papel mirando el reflejo de su mano en el espejo. Cada vez que Milner le pedía a HM que lo hiciera, éste aseguraba no haber hecho nunca nada parecido. Sin embargo, su cerebro mejoraba día a día en la tarea de guiar su mano mirándola en el espejo. Pese a su amnesia, estaba recordando.
Aunque no hay consenso respecto al número de sistemas de memoria existentes, los científicos suelen dividir los recuerdos en dos tipos: declarativos y no declarativos (llamados a veces explícitos e implícitos, respectivamente). Los recuerdos declarativos son las cosas que sabemos que recordamos, como el color de nuestro coche o lo que hicimos ayer por la tarde. EP y HM han perdido la capacidad de producir recuerdos declarativos. Los recuerdos no declarativos son las cosas que sabemos sin pensar en ellas de manera consciente, como montar en bicicleta o dibujar una forma mirando nuestra mano en el espejo. Esos recuerdos inconscientes no dependen del hipocampo para su consolidación y almacenamiento. Se producen en partes completamente diferentes del cerebro. El aprendizaje de habilidades motoras tiene lugar en la base del cerebro (el cerebelo); el aprendizaje relacionado con la percepción, en la corteza cerebral, y el aprendizaje de hábitos, en el centro del cerebro. Tal como demuestran EP y HM, es posible que una parte del cerebro esté dañada y que el resto siga funcionando normalmente.
Todas las metáforas que solemos utilizar para referirnos a la memoria (cámara fotográfica, grabadora, procesador, disco duro) sugieren una precisión mecánica, como si la mente contase con algún minucioso mecanismo de transcripción de nuestras experiencias. Durante mucho tiempo estuvo muy extendida la idea de que nuestros cerebros funcionaban como perfectas máquinas grabadoras, de que teníamos toda una vida de recuerdos almacenada en algún lugar del desván cerebral. Se creía que si no nos era posible evocar algunos recuerdos, no era porque hubieran desaparecido, sino porque no podíamos acceder a ellos.
Un neurocirujano canadiense llamado Wilder Penfield creyó haber probado esa teoría en los años cuarenta. Penfield utilizaba sondas eléctricas para estimular el cerebro de sus pacientes epilépticos, mientras yacían conscientes en la mesa de operaciones. Su propósito era localizar el origen de su epilepsia, pero descubrió que cuando la sonda tocaba ciertas partes del lóbulo temporal, los pacientes comenzaban a describir experiencias sumamente vividas. Cuando tocaba el mismo punto otra vez, a menudo inducía las mismas descripciones. Llegó entonces a la conclusión de que el cerebro registra todo aquello a lo que presta cierto grado de atención consciente y de que ese registro es permanente. Hoy, la mayoría de los científicos cree que las extrañas rememoraciones inducidas por Penfield se acercaban más a fantasías o alucinaciones que a recuerdos; sin embargo, la súbita reaparición de episodios del pasado que no recordábamos desde hacía mucho tiempo seguramente es una experiencia familiar para todos. Aun así, como máquina grabadora, el cerebro funciona bastante mal. Las tragedias y humillaciones parecen grabarse con más fuerza que cualquier otra cosa, a menudo con insoportable exactitud, mientras que los recuerdos que realmente creemos necesitar (el nombre de un conocido, la hora de una cita o dónde dejamos las llaves del coche) tienen la costumbre de evaporarse.
Michael Anderson, investigador de la memoria en la Universidad de Oregón en Eugene, ha intentado calcular el coste de esa evaporación. Tras toda una década de «diarios del olvido» llevados por sus estudiantes (donde apuntan, por ejemplo, el tiempo que pierden buscando las llaves del coche), Anderson ha calculado que pasamos más de un mes al año compensando los problemas causados por nuestros olvidos.
AJ recuerda el momento en que comprendió que su memoria no era como la de los demás. Estaba en séptimo curso de primaria, estudiando para los exámenes finales. «No me sentía feliz, porque detestaba la escuela», dice. Su madre la estaba ayudando con los deberes, pero ella se distrajo pensando en otra cosa. «Empecé a pensar en el año anterior, cuando estaba en sexto, y en cuánto me había gustado. Entonces me di cuenta de que recordaba exactamente lo que había hecho un año antes en esa fecha exacta.» Al principio no le dio mucha importancia. Pero unas semanas después, mientras jugaba con una amiga, recordó que habían pasado el día juntas exactamente un año antes.
«Cada año induce en mí una sensación determinada, y también cada época del año. Siento la primavera de 1981 de una manera completamente distinta que el invierno de 1981», afirma. Para AJ las fechas son como la magdalena que catapultó la mente de Proust a un viaje hacia el pasado en su obra En busca del tiempo perdido. La sola mención de una fecha hace que empiece a rememorar involuntariamente. «¿Sabes cuando hueles algo y el olor te devuelve al pasado?
Yo soy así, solamente que a un nivel diez veces más profundo y más intenso.
»Mi hermano solía decirme que yo era como Rain Man y yo le respondía: “¡No, no lo soy!”, pero en el fondo pensaba, “¿Y si de verdad soy así? ¿Habrá alguna cosa en mí que no funciona bien?”.» En cierto momento, AJ consideró la posibilidad de poner un tenderete en la avenida principal y asombrar a la gente con su habilidad para recordar lo sucedido en todas las fechas. Finalmente decidió no hacerlo.
Se podría pensar que una memoria como la de AJ debería hacer que la vida fuera diferente y mejor. Nuestra cultura nos inunda constantemente con información nueva, pero es muy poca la que captamos y catalogamos de un modo que podamos recuperar más adelante. ¿Cómo sería disponer de todo ese conocimiento que de otro modo se habría perdido? ¿Seríamos más persuasivos en nuestros argumentos? ¿Tendríamos más confianza en nosotros mismos? ¿Seríamos, de alguna manera fundamental, más inteligentes? En la medida en que la experiencia es la suma de nuestros recuerdos, y la sabiduría, la suma de la experiencia, una memoria mejor no sólo significaría saber más sobre el mundo, sino también sobre nosotros mismos. ¿Cuántas ideas valiosas hemos perdido y cuántas conexiones importantes hemos dejado de establecer a causa de los defectos de nuestra memoria?
El sueño de la memoria perfecta, encarnado por AJ, ha estado con nosotros al menos desde el siglo V antes de nuestra era, cuando el poeta de la Antigua Grecia Simónides de Ceos supuestamente inventó una técnica conocida como «el arte de la memoria».
Simónides fue el único superviviente del trágico desplome del techo de un salón durante un banquete en Tesalia. Según Cicerón, que relató el incidente cuatro siglos después, los cuerpos quedaron irreconocibles, pero Simónides fue capaz de cerrar los ojos en medio del caos y visualizar mentalmente a cada uno de los comensales, en su puesto, en torno a la mesa. Había descubierto el método de los lugares (o de los loci, en latín), que consiste en convertir lo que se desea recordar en vividas imágenes mentales y luego ordenarlas en un espacio arquitectónico imaginario, conocido como «el palacio de la memoria». De ese modo, los recuerdos resultan prácticamente imborrables.
Se cuenta que Pedro de Rávena, jurista italiano del siglo XV y autor de un prestigioso manual sobre la memoria, utilizó el método de los lugares para memorizar la Biblia, todo el canon jurídico, 200 discursos de Cicerón y 1.000 versos de Ovidio. Para entretenerse, releía los libros almacenados en sus palacios de la memoria. «Cuando salí de mi patria para visitar como peregrino las ciudades de Italia, puedo decir que llevaba conmigo todo cuanto poseía», escribió.
Nos cuesta imaginar cómo sería vivir en una cultura anterior al advenimiento de los libros impresos y anteriores a la posibilidad de llevar encima papel y bolígrafo para tomar notas. «En un mundo en el que había pocos libros y estaban guardados en bibliotecas comunales, era preciso memorizar todos los conocimientos, porque nadie podía confiar en tener acceso continuado a un material determinado», escribe Mary Carruthers, autora de The book of Memory, un estudio acerca del papel desempeñado por las técnicas de memorización en la cultura medieval.
«En la Antigüedad y la Edad Media se admiraba la memoria por encima de todo. Los principales genios aparecen descritos como personas de memoria superior.» Por ejemplo, santo Tomás de Aquino, teólogo del siglo XIII, era elogiado por haber redactado mentalmente toda su Summa Theologica y haberla dictado después de un tirón, consultando tan sólo unas pocas notas. El filósofo romano Séneca el Viejo era capaz de repetir una lista de 2.000 nombres sin alterar el orden en que los había oído. Otro romano llamado Simplicio recitaba a Virgilio de memoria… ¡de atrás para adelante! Una buena memoria se consideraba la mayor de las virtudes, pues representaba la internalización de un universo de conocimientos externos. De hecho, uno de los temas más recurrentes en las vidas de los santos era que poseían una memoria extraordinaria.
Tras el descubrimiento de Simónides, el arte de la memoria fue codificado en un extenso cuerpo de reglas e instrucciones por sabios como Cicerón y Quintiliano, así como en numerosos tratados medievales. A los estudiantes no sólo se les enseñaba lo que debían recordar, sino las técnicas para recordarlo. De hecho, hay una larga tradición de entrenamiento de la memoria en muchas culturas. El Talmud judío, repleto de ayudas mnemotécnicas, fue transmitido oralmente durante siglos. La memorización del Corán se sigue considerando el logro supremo entre los musulmanes devotos. Los griots (una especie de trovadores tradicionales) de África occidental y los bardos de los países eslavos narran de memoria extensísimas epopeyas.
Sin embargo, en el último milenio muchos de nosotros hemos experimentado un profundo cambio. Hemos reemplazado de forma gradual nuestra memoria interna por lo que los psicólogos llaman la memoria externa: una vasta superestructura de ayudas tecnológicas, que hemos inventado para no tener que almacenar toda la información en nuestros cerebros. Hemos pasado de recordarlo todo a recordar muy poco. Tenemos fotografías para registrar nuestras experiencias, agendas para no olvidar nuestros compromisos, libros (y ahora Internet) para almacenar nuestro conocimiento colectivo y notas adhesivas para nuestros recordatorios. ¿Qué implicaciones puede tener esta «subcontratación» de la memoria para nosotros mismos y para la sociedad? ¿Hemos perdido algo?
Para complementar los recuerdos que guarda en su mente, AJ almacena además un tesoro de recuerdos externos. Además del detallado diario que lleva desde la infancia, posee una videoteca de casi un millar de cintas grabadas de la televisión, un baúl lleno de grabaciones de la radio y un «archivo de investigación» consistente en 50 libretas llenas de datos extraídos de Internet relativos a acontecimientos que ella guarda en la memoria. «Simplemente quiero conservarlo todo», explica.
Preservar el pasado se ha convertido en la compulsión principal en la vida de AJ. «Por la mañana, mientras me seco el pelo, pienso en la fecha que es, y, para pasar el rato, hago un repaso de lo que hice en esa misma fecha los últimos 20 años, como cuando hojeas una revista.» AJ sitúa el origen de su excepcional memoria en el traslado de su familia de Nueva Jersey a California, cuando ella tenía ocho años. La vida en Nueva Jersey le resultaba cómoda y familiar, y California le pareció un lugar extraño y ajeno. Entonces comprendió por primera vez que crecer y seguir adelante significa necesariamente olvidar y dejar cosas atrás. «Como detesto tanto los cambios, después de aquello quise ser capaz de capturarlo todo. Porque sé que nada vuelve a ser igual», dice.
K. Anders Ericsson, profesor de psicología, cree que en el fondo AJ no es tan diferente del resto de nosotros. Tras el anuncio inicial de la particularidad de AJ en la revista Neurocase, Ericsson señaló que tal vez lo que hay que explicar en el caso de AJ no es una memoria innata extraordinaria y sin precedentes, sino una descomunal obsesión con el propio pasado. Solemos recordar lo que es importante para nosotros. Los fanáticos del fútbol suelen tener conocimientos enciclopédicos de las estadísticas de su deporte; los maestros de ajedrez recuerdan complicados gambitos jugados hace años, y los actores recuerdan sus guiones mucho después de interpretar sus papeles. Todos tenemos memoria para algo. Ericsson cree que si aferrarse al pasado fuera tan importante para otra persona como para AJ, la hazaña de memorizar toda su vida estaría a su alcance. Le menciono a AJ la teoría de Ericsson y ella se disgusta visiblemente. «Me gustaría llamarlo por teléfono y gritarle -responde-. Si dedicara tanto tiempo como él cree a memorizar mi vida, sería una persona muy aburrida. No me esfuerzo en memorizar. Simplemente recuerdo.»
Recordarlo todo es exasperante para AJ, y a la vez la empuja a la soledad. «Recuerdo las cosas buenas, lo cual es muy agradable. Pero también las malas, y cada mala decisión que he tomado -dice-. Y no me doy ni un respiro. Hay muchas encrucijadas en el camino, momentos en que tienes que elegir, y cuando pasan diez años yo todavía me estoy recriminando lo mismo. Hay muchas cosas que no me perdono. Me gustaría ser una persona corriente aunque sólo fuera durante cinco minutos y no tener todo esto en la cabeza. La mayoría de la gente dice que lo mío es un don -añade AJ-, pero para mí es una carga».
Todo el propósito del sistema nervioso, desde los órganos sensoriales que recogen información hasta el enorme cúmulo de neuronas que la interpreta, es desarrollar una sensación de lo que está sucediendo en el presente y de lo que está a punto de suceder en el futuro, para que podamos reaccionar de la mejor manera posible. Nuestro cerebro es fundamentalmente una máquina de predecir, y para funcionar necesita poner orden en el caos de posibles recuerdos. La mayoría de las cosas que pasan por nuestro cerebro no necesitan ser recordadas más allá del tiempo necesario para pensar en ellas.
El psicólogo Daniel Schacter ha elaborado una taxonomía del olvido para catalogar lo que él denomina los «siete pecados capitales» de la memoria. El pecado de la distracción sería, por ejemplo, cuando Yo-Yo Ma olvidó en un taxi su violonchelo de dos millones de euros. El pecado de la persistencia es el veterano de Vietnam atormentado aún por la imagen de los campos de batalla. El político que se queda en blanco durante el debate estrella de la campaña electoral es un ejemplo del pecado del bloqueo. Maldecimos a diario esos fallos de la memoria, pero Schacter afirma que tienen sus beneficios. En realidad, cada pecado es la otra cara de una virtud, «el precio que pagamos por unos procesos y funciones que nos son útiles en muchos aspectos». Hay buenas razones evolutivas para que la memoria nos falle del modo en que lo hace. Si todo lo que vemos, olemos, oímos o pensamos quedara archivado en la enorme base de datos que es nuestra memoria a largo plazo, la información irrelevante acabaría por colapsarnos.
En su relato Funes el memorioso, Jorge Luis Borges describe a un hombre paralizado por la incapacidad de olvidar. El hombre recuerda cada detalle de su vida, pero es incapaz de distinguir entre lo trivial y lo importante. No puede establecer prioridades, ni generalizar. Es «casi incapaz de tener ideas generales, platónicas». En su relato, Borges llega a la conclusión de que la capacidad de olvidar, y no la de recordar, es la esencia de lo que nos hace humanos. «Pensar es olvidar», escribe Borges.
Envejecer también es olvidar. Alrededor de 24 millones de personas padecen la enfermedad de Alzheimer en todo el mundo, y son aún más los que sufren una discapacidad cognitiva leve o grados menores de pérdida de memoria. Cuando en un estudio se pidió a unos octogenarios que recordaran una lista de 15 palabras leídas 20 minutos antes, el resultado fue de menos del 60 % de palabras recordadas, mientras que en la misma prueba entre veinteañeros, éstos recordaron casi el 90 %. No debe sorprender, por lo tanto, la búsqueda de sustancias químicas capaces de impedir el olvido. Según escribió el franciscano Bernardo de Lavinheta a comienzos del siglo XVI, «la memoria artificial tiene dos caras, la primera de las cuales son los medicamentos y cataplasmas». La segunda, naturalmente, era el arte de la memoria, considerada por él la más segura y eficaz (puesto que los fármacos para la memoria obraban a veces el desafortunado efecto de «secar el cerebro»). Hoy, el ginkgo biloba se vende sin receta como suplemento, o se añade a bebidas vitaminadas o refrescos «inteligentes», aunque no existen pruebas concluyentes de que mejore la memoria, ni tampoco de que seque el cerebro. En los últimos decenios, los laboratorios farmacéuticos ha llevado la búsqueda a niveles insospechados. Equipados con conocimientos avanzados de los fundamentos moleculares de la memoria, han tratado de crear nuevos fármacos que aumenten la capacidad natural de recordar que tiene el cerebro. En años recientes se han constituido al menos tres compañías con el propósito de desarrollar medicamentos para la memoria. Uno de estos laboratorios, Cortex Pharmaceuticals, intenta desarrollar una clase de moléculas denominadas ampaquinas, que facilitan la transmisión del glutamato. El glutamato es una de las sustancias primarias excitadoras que atraviesan las sinapsis neuronales. Amplificando sus efectos, Cortex espera mejorar la capacidad subyacente del cerebro para formar recuerdos y evocarlos. Mediante la administración de una ampaquina a ratas de edad mediana, fue posible revertir la decadencia del mecanismo celular de la memoria propia del envejecimiento.
Es posible que no falte mucho para que drogas del tipo de las ampaquinas salgan al mercado; cuando lo hagan, su impacto en la sociedad podría ser enorme. Aunque lo que buscan los laboratorios farmacéuticos son tratamientos terapéuticos para frenar el Alzheimer y combatir la demencia senil, parece inevitable que sus píldoras acaben en manos de estudiantes en vísperas de examen y probablemente de otras muchas personas deseosas de mejorar su capacidad cerebral. Ahora mismo, ciertos psicoestimulantes desarrollados para tratar la hiperactividad, como el metilfenidato, son utilizados nada menos que por uno de cada cuatro estudiantes de algunas universidades para aumentar la concentración y mejorar la memoria.
Todo esto plantea inquietantes cuestiones éticas. ¿Nos gustaría vivir en una sociedad donde la gente tuviera una memoria muchísimo mejor? ¿Qué significa «mejor memoria»? ¿Significaría recordar las cosas exactamente tal como sucedieron, sin las revisiones y exageraciones que nuestra mente crea de forma natural? ¿O tener una memoria que olvida los hechos traumáticos? ¿O que sólo recuerda lo que queremos que recuerde? ¿Significaría convertirse en AJ?
Me interesaba ver en acción la memoria inconsciente y no declarativa de EP, de modo que le pregunté si le apetecía llevarme a dar un paseo por su barrio. Me respondió que no mucho, así que esperé dos o tres minutos y se lo volví a preguntar. Esta vez accedió. Salimos por la puerta delantera al sol de primera hora de la tarde y giramos a la derecha. Le pregunté por qué no girábamos a la izquierda.
«Prefiero no ir por ahí. Siempre vengo por aquí, no sé muy bien por qué», respondió.
Si le hubiera pedido que dibujara un plano del camino que recorre al menos tres veces al día, hubiera sido incapaz de complacerme. Ni siquiera conocía la dirección de su casa, ni sabía hacia dónde estaba el mar (algo inconcebible para un habitante de San Diego). Pero después de tantos años haciendo el mismo paseo, el recorrido se grabó en su inconsciente. Su mujer, Beverly, a veces dejaba que saliera solo, aunque una sola equivocación en el trayecto hubiera bastado para que se perdiera. A menudo regresaba de sus paseos con cosas que había encontrado por el camino: un montón de guijarros, un perrito o una cartera ajena. Nunca podía explicar de dónde las había sacado.
«Nuestros vecinos lo apreciaban, porque se les acercaba y se ponía a hablar con ellos», dice Beverly. Aunque él siempre creía que los estaba viendo por primera vez, el hábito le había enseñado a sentirse bien en presencia de ellos, y él interpretaba esas señales inconscientes de bienestar como una buena razón para saludarlos.
Cruzamos la calle y por primera vez me quedé a solas con EP. No sabía quién era yo, ni qué hacía a su lado, aunque parecía intuir que estaba ahí por alguna buena razón. Estaba atrapado en la peor pesadilla existencial, ciego a la realidad que habitaba. Sentí el impulso de ayudarlo a escapar, al menos por un segundo. Quise agarrarlo por el brazo y sacudirlo. «Usted padece un trastorno de la memoria raro e incapacitante -quise decirle-. Ha perdido los últimos 50 años. Dentro de un minuto habrá olvidado esta conversación.» Imaginé el horror que lo inundaría, la momentánea clarividencia y el vacío abismal que se abriría ante él, para luego cerrarse con idéntica celeridad. Después, un coche o el canto de un pájaro lo devolvería a su burbuja.
Dimos la vuelta y volvimos por la calle cuyo nombre había olvidado, delante de los vecinos que lo saludaban sin que él los reconociera, en dirección a una casa que tampoco conocía. Frente a la casa había un coche estacionado con lunas tintadas. Nos volvimos para mirar nuestros reflejos. Le pregunté a EP que veía.
«Un viejo -me dijo-. Nada más.»


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