Representantes de una de las culturas más enigmáticas de la antigüedad, las tribus indias norteamericanas han conservado con el paso de los siglos ritos ancestrales y costumbres marcadas por el signo de la espiritualidad. No dejaron monumentales vestigios de su presencia en el pasado, ni provocaron cambios importantes en su época, pero sí forjaron una aureola legendaria a su alrededor que aún perdura.
Son rituales, curaciones, visiones y profecías que apuntan a un final cercano… A la luz de la hoguera el viejo sioux entona cantos ancestrales. Pequeñas ascuas sacuden la noche, escapando en silencio del fuego purificador. El viento de la pradera golpea suavemente el rostro del gran jefe Toro Sentado, tal y como ocurriera años atrás con su padre, con su abuelo… El tocado de plumas de águila, montadas sobre una carcasa de piel adornada con púas de puerco espín y cuentas de vivos colores inician un místico vaivén. El movimiento de éstas reclama la presencia de Wakan tanka, el Misterio, el Gran Espíritu, la divinidad dueña de un enigmático poder que dio origen al Universo. Los minutos pasan y la noche se hace dueña del inhóspito paraje. Lentamente, en un estado de aparente trance toma entre sus manos y con sumo cuidado el calumet sagrado, la pipa que en tiempos pretéritos entregó la mujer bisonte blanca -representación de la Virgen María- al pueblo indio. En su interior, el tabaco mezclado con corteza comienza a arder, desprendiendo un espeso humo mediante el que pronto entrará en contacto con los poderes superiores. La visión del hombre-medicina ha comenzado…
Las tribus
Comanches, Arapahoes, Cheyennes, Sioux, Hopis, Pies Negros, Crows… son algunos de los clanes tribales que ocuparon la gran llanura norteamericana durante miles de años. El cine se ha encargado de ofrecer una imagen distorsionada de estos pueblos, pero lejos de esa supuesta agresividad sanguinaria que atemorizó a los colonos del pasado siglo, a las milicias, y al valeroso 7- de Caballería. Por el contrario, posiblemente jamás haya existido un colectivo humano tan identificado con su entorno, tan respetuoso con la naturaleza y tan agradecido por los bienes que ésta, y el Gran Espíritu, les otorgaban. Hace miles de años, al igual que sucedía en otros puntos del globo, las praderas eran un frondoso vergel en el que los primigenios nativos encontraron un paraíso particular, en el que los dioses, seres sobrenaturales, antepasados o espíritus campaban a sus anchas. Así pues, la relación entre el ser humano y las divinidades estaba muy desarrollada. Los paleo-indios recorrían los vastos campos tras la pista del bisonte 5. 000 años antes del nacimiento de Jesús de Nazaret. Con unas jerarquías perfectamente estructuradas, situaban sus campamentos en círculos, unos tipis -cabañas- junto a otros, pues dicha figura geométrica era considerada el reflejo del orden de todas las cosas. El Sol, la Luna, las rocas y los humanos… Todo era redondo y vivir en un círculo era respetar el centro cósmico en el que las criaturas entraban en contacto con las fuerzas superiores. Dejaron valiosísimos vestigios en forma de petroglifos en lo que para muchos investigadores eran representaciones de los Katchina, sabios ilustres y respetados procedentes del Planeta Toonaotekha, distante del sistema solar pero cuyos habitantes visitaban constantemente nuestra Tierra -siempre según la libre interpretación de algunos autores-. Sin embargo, el ocaso de esta cultura, en contacto continuo con lo trascendente, se produjo con la llegada del hombre blanco, punto éste que vamos a obviar por el cúmulo de falsedades e injurias que se han vertido a lo largo de los años. Esta es su magia y su misterio, sus ritos y ceremonias, la verdad del pueblo indio…
Shamans y Hombres-medicina
Las premoniciones, las visiones de futuro y el diálogo con los espíritus era una parte fundamental de la existencia de los clanes tribales. Ya fuera en estados de trance o de vigilia, la comunicación se producía cuando ante ellos se mostraban los Wakan, seres con forma animal que les transmitían los conocimientos que con posterioridad les permitiría adquirir poderes sobrenaturales aplicables a las más diversas disciplinas -caza, guerra, etc-. Para ello se retiraban al “agujero de las visiones» por espacio de cuatro días y cuatro noches. En este periodo de tiempo no ingerían ningún alimento. En definitiva, cualquier sacrificio era vulgar si finalmente se manifestaba el espíritu, que a la postre, le acompañaría durante toda su existencia protegiéndole y regalándole el don de la suerte. Desde pequeños, los jóvenes pretendían alcanzar la ansiada visión. Para tal fin habían de seguir los pasos dictados por los shamans u hombres-medicina. Pero, ¿quiénes eran estos personajes? El papel que representaban era de vital importancia para la comunidad. Como jefes espirituales de la tribu, guardaban con celo los saberes ancestrales que habían de transmitir a las nuevas generaciones. La sabiduría que tenían en su haber les proporcionaba poderes excepcionales con los que entraban en contacto con los espíritus para, entre otras cosas, obtener favores e interpretar las visiones de los iniciados.
Los largos periodos de ayuno les permitían entablar conversación con diferentes entidades y alcanzar sus facultades sobrenaturales a través de los sueños. Cuando los pretendientes tenían una visión, el hombre-medicina interpretaba la misma y a partir de ese momento fabricaba la bolsa-medicina, elemento fundamental del que el joven jamás debía desprenderse. Además, en ocasiones, los ornamentos que portaban eran un fiel reflejo de la experiencia mística, siendo el shaman el que indicara como debían de ser éstos. Toda la parafernalia que rodeaba a tales ceremonias iba precedida de un rito de purificación, en el que la música era un elemento primordial pues se tenía la firme creencia de que cada espíritu tenía su canción. El jefe espiritual era considerado el intermediario entre el Wakan tanka -Gran Espíritu de los sioux- y los miembros de los clanes, personas a las que acudir en todo momento. Otro de los elementos más destacables era la pipa, parte fundamental del altar pues con su humo se provocaba la conexión con los poderes superiores. Estaba rigurosamente prohibido que ésta fuera apoyada en el suelo, y el tabaco, mezclado con corteza, era cultivado entre grandes rituales de celebración dado su carácter sagrado. La realización de objeto tan venerado era todo un alarde de respeto a la Madre Tierra, a la que los indios dedicaban grandes rezos pues intentaban ser parte integral de la misma. No en vano, cuando se edificaban los tipis -cabañas construidas con palos y pieles- el posible impacto medioambiental no existía, formando un todo con la naturaleza. La importancia de la pipa sagrada queda patente en textos como éste, escrito por el jefe sioux Alce Negro: “Mira como rechina esta pipa sagrada con corteza de sauce. Pero antes de que empecemos a fumarla quiero que sepas cómo se hace y lo que significan estas cuatro cintas que penden de la caña que representan a los cuatro rincones del Universo: la negra es por el oeste, donde residen los seres trueno, los que nos envían la lluvia. La blanca por el norte, de donde procede el gran viento blanco que todo lo limpia. La roja por el este, donde nace la luz y reside el lucero de la mañana, el que da cordura a los hombres. La amarilla por el sur, de donde viene el verano y donde crece la fuerza. Estos cuatro espíritus no son sino uno y éste es el representado por esta pluma de águila. No son el cielo y la Luna, un padre y una madre, y todas las criaturas vivientes, ya tengan pies, alas o raíces, sus hijos. Y por ello, porque representa todo esto y muchas más cosas que un hombre pueda comprender, la pipa es sagrada” Y una vez más el Gran Espíritu, la pluma de águila, con toda seguridad el mensajero de la divinidad y el animal más emblemático junto al bisonte para los clanes de las praderas. Para los indios Tewas, ubicados en Nuevo Méjico y Arizona, junto al territorio Hopi, las prácticas religiosas y por ende las de sus shamans estaban íntimamente relacionadas a sociedades esotéricas. Entre todas destacaba la de los Pufónu, encargados de exorcizar a los enfermos y de expulsar a los entes malignos que se cernían sobre la población, especialmente si se trataba de brujería. Eran temidos por sus congéneres ya que se les suponía poderes maléficos verdaderamente espantosos. Siempre rodeaban sus rituales de gran secretismo, a excepción de las ceremonias de curación. La puesta en escena de dichas prácticas justifica que dediquemos unas líneas a una de ellas.
Ritos y ceremonias
En la casa del enfermo -si éste no podía desplazarse- se reunían los diferentes shamans encabezados por el Pufónu-séndo -el anciano y patriarca de estos hombres espirituales- portando como única vestimenta un taparrabos. Ya en el hogar del paciente colocaban meticulosamente todos sus instrumentos mágicos de trabajo -lascas de pedernal, zarpas delanteras de osos, cuencos en los que se mezclaba la medicina compuesta de hierbas y raíces, etc-. Era entonces cuando se iniciaba el proceso curativo, dividido en cuatro periodos aderezados por cánticos y bailes. Una sonaja de calabaza, dos plumas para introducir en el agua medicina y salpicar el cuerpo del enfermo, extracciones de objetos supuestamente introducidas en las víctimas de la dolencia por las malas artes de brujos… Y todo para que el Pufónu-séndo comunicara que los malos espíritus querían impedir la sanación. El ritual finalizaba con terroríficos gritos pues la lucha con los hechiceros resultaba francamente fatigante y difícil. Un muñeco de trapo que representaba al enemigo era entonces destrozado y la ceremonia se daba por concluida. Los shamans regresaban a sus respectivos domicilios con unos cestos de harina a modo de emolumentos por la tarea llevada a cabo.
Sin embargo, retornando a las praderas, las tribus indias mostraban una serie de ritos quizás no tan toscos, más orientados a la espiritualidad y el contacto con las entidades superiores. Para éstos, las planicies de las llanuras permanecían desde tiempos atávicos habitadas por seres que velaban y dirigían el destino de los hombres y la naturaleza. De este modo, esta religión animista promulgaba que en árboles, plantas, animales, humanos, truenos, montañas… había espíritus y poderes sobrenaturales que regían una faceta determinada de la vida, que podía ir desde la curación, a la caza, la guerra, etc. Como hemos mencionado anteriormente, tribus como los Sioux o los Cheyenne añadían a éstos la existencia de Wakan tanka, Heanmauyio, Manitou, Massau… En definitiva diferentes nombres para nombrar a un mismo concepto: el del Dios universal. Con las danzas rituales se pretendía garantizar la continuidad de la naturaleza, para lo que empleaban talismanes y ciertas prendas de vestir diseñadas a raíz de las visiones de los hombres- medicina. Éstas podían durar varios días dependiendo de la complejidad de las mismas y eran supervisadas con escrúpulo ya que de no realizarse con precisión y rigor podían provocar el efecto contrario al deseado. Entre todas, posiblemente las más emblemáticas sean la Danza del Sol, la Danza de los Espíritus y los ritos de curación. Las personas participantes en estos bailes místicos habían de seguir los mandatos del shaman, debiendo ser purificados en una ceremonia previa para así ser partícipes de las visiones de futuro, sueños premonitorios en definitiva. Este importante ritual, en especial para los Sioux, comenzaba por el Hanblenchía o “llanto por la visión”, que a su vez se dividía en diversos apartados. Los iniciados, en primer lugar, eran conducidos a una profunda oquedad cubierta con ramas o pieles para mantener el calor. En su interior, unas piedras al rojo vivo consideradas por el hombremedicina piedra sagradas, eran rociadas con agua para que el aspirante a visionario fuera lavado en una baño de vapor, “el aliento de la vida” Al finalizar esta operación se restregaban el cuerpo con hojas de salvia. El siguiente paso tras el rito de purificación era conducir al joven a una loma donde quedaba en soledad, cubierto con una piel de búfalo y con el calumet entre sus manos. Llegaba el momento de esperar la venida de la visión. Cuando esto se producía, y tras permanecer varias jornadas en ayuno, el aspirante ya estaba preparado. La Sun Dance o Danza del Sol, considerada la más importante celebración ritual de los indios de las praderas, fue prohibida en el año 1910 por los mandatarios norteamericanos. De nuevo se volvió a reto en 1934, cuando se promulgó la libertad de culto, y por consiguiente de religión. Se llevaba a cabo al finalizar el verano. Los diferentes clanes se reunían en torno a un árbol, símbolo de unión entre cielo y tierra, mientras los hombres decoraban la pipa y ayunaban durante cuatro días. Ataviados con taparrabos y tocados de plumas cantaban y bailaban desde el amanecer hasta el mediodía, dirigidos por el hombre-medicina tocando viejas flautas de huesos de águila, el legendario animal que les acercaba al Gran Espíritu. El humo del calumet sagrado era absorbido en cuatro ocasiones. Era entonces cuando los participantes se extendían sobre la piel de búfalo que permanecía postrada sobre la tierra, y o garfios de fina punta atados a unas cuerdas que pendían de un árbol eran clavados en el pecho o brazos de los bravos guerreros. La danza continuaba y finalmente, entre violentos aspavientos, los hombres se liberaban de sus ataduras arrancándose la carne y la piel. Así agradecían a los poderes sobrenaturales los favores concedidos a lo largo del año, La Danza de los Espíritus, no tan brutal, acabó transformándose en 1870 en un rito mesiánico que proclamaba la vuelta a los ancestros para retornar los gloriosos tiempos, sucumbió al mercantilismo agresivo del capitalismo colonial.
La cuarta profecía
En estos tiempos, en los que las centurias de Nostradamus han recobrado un singular protagonismo y son muchos los que creen que la llegada del final de la humanidad está ya próxima, los indios norteamericanos, al igual que reflejaban las civilizaciones aztecas y mayas, dividían la, historia de su cultura en cuatro edades del mundo. Sea para bien o para mal, actualmente nos encontramos en la última de ellas, y no es cuestión de mantener posturas agoreras, pero las coincidencias reflejan que un gran cambio está por llegar. No en vano, los jefes de algunas tribus ya han puesto sus plegarias en el cielo, reflejándolas en textos dirigidos a la raza humana, en los que advierten del peligro que se cierne sobre todos. Por ejemplo, el Anciano Mayor de la Nación Soberana Hopi, Dan Eveman, se expresa de esta forma en su último mensaje a los habitantes de la Tierra: “Nosotros los Hopi creemos que la raza humana ha pasado a través de tres mundos y formas de vida diferentes desde el comienzo. Al final de cada mundo previo, la humanidad ha sido purificada o castigada por el Gran Espíritu, Massau. La última gran destrucción fue el Diluvio Universal, el cual acabó con todo salvo con unos pocos fieles que pidieron y recibieron las bendiciones de Massau para vivir con él en la nueva tierra. Él se apareció a las primeras personas como hombre y les habló. Nos dio un grupo de tablas de piedras sagradas donde inspiró todas sus enseñanzas. En dichas tablas quedaron reflejadas instrucciones, profecías y advertencias. Hemos sido instruidos para mantener el equilibrio de este mundo dentro de la Tierra y en los muchos universos con oraciones especiales y rituales, los cuales continúan hasta la fecha. Él nos entregó estas profecías para dárselas a ustedes ahora, cuando está a punto de cerrarse el Cuarto Mundo de destrucción, y al comienzo del Quinto Mundo de paz. Es la calabaza de cenizas, calabaza que cuando caiga sobre la Tierra ésta hervirá en un gran espacio y nada crecerá por mucho tiempo. Para que esto no ocurra han sido contusionados tres ayudantes, pero está también profetizado que si estos tres fracasan en cumplir su misión, entonces el del oeste vendrá como una gran tormenta. Ellos serán muchos en número y despiadados”. Siempre es un alivio pensar que aún queda alguien que reza y se preocupa por el resto de los mortales, pese a que en la citada exposición el vicio jefe no se mostrara muy esperanzado. Las historias sagradas de otras tribus como los Lakota, reflejan en sus crónicas encuentros místicos con divinidades que de igual forma les advierten del peligro. Es la aparición de la ya mencionada Mujer Bisonte Blanco, portadora del calumet -pipa sagrada-. En una ocasión la joven envuelta en una densa neblina se manifestó sobre una colina, por la que deambulaban dos guerreros, uno de buenos sentimientos y el otro de corazón malvado. El segundo, llevado por la lascivia intentó atacar a la aparecida y repentinamente desapareció entre la espesa niebla. Minutos más tarde, el compañero que permanecía atónito observando la escena pudo comprobar que al disiparse el ambiente, y tras oír el silbido de cientos de serpientes de cascabel, su amigo había quedado reducido a huesos. La dama se dirigió entonces a la aldea, les entregó la pipa y les enseñó los rezos y cánticos, y antes de marcharse dijo: “Contemplad esta pipa. Recordad siempre su carácter sagrado y tratadla como tal, porque os llevará hasta el final. Recordad que en mí hay cuatro eras. Ahora me marcho, pero en cada época volveré la vista atrás para mirar a vuestro pueblo y al final retornaré” Acto seguido se esfumó, y a lo lejos se pudo percibir la presencia de un pequeño bisonte blanco trotando… Son miles de años conviviendo con las fuerzas sobrenaturales, con las divinidades… un legado que habría que proteger frente a la ignorancia y la intolerancia de unos pueblos dispuestos a fulminar los últimos reductos culturales de las tribus de las praderas. Quizás el hombre blanco pudiera entonces aprender de las enseñanzas de sus hermanos los pieles rojas…
Leelo Cristián…
Orray Azucar!