http://books.google.com/images/cleardot.gifPor el Doctor Jiménez del Oso

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Aunque, en general, se describía como un hermoso caballo blanco de largas crines y un solitario cuerno en la frente, abundan representaciones diferentes, en las que, a veces, está más cerca del asno o del venado que del caballo, incluso con dos cuernos, omo un extraño rinoceronte.

 

La vida es como es y -a mí me gusta vivirla- suele poner en tus manos aquello que deseas, pero en su momento, nunca antes. Y así fue que, en su día, me salió al paso un unicornio.

El Asno Indio

Érase una vez un continente en el que todo, hasta lo más fantástico, podía suceder… Brujas y ogros se ocultaban en lo profundo del bosque acechando al viajero solitario, mientras que caballeros en busca de fama recorrían los páramos más desolados, las más escarpadas sierras, en pos de un dragón al que arrancar de su frente la piedra de la inmortalidad… Era una época en la que fábulas y leyendas rasgaban la pesada cortina de la razón para colarse en este lado de la realidad.

Es cierto que hoy tenemos una idea menos romántica de ese tiempo: había hambre, epidemias, injusticia, fanatismo, la gente olía mal y el conocimiento estaba reservado a unos pocos, generalmente tapias adentro de un monasterio, porque, fuera de ellas era más urgente sobrevivir que cultivar el intelecto.

Sin embargo, en aquella Europa famélica y cerril, privados del freno de la ciencia, florecieron los mitos, esa otra riqueza cultural, como en ninguna otra etapa de la historia. Libre de trabas, el inconsciente colectivo se proyectó en mil criaturas arquetípicas, todas tan reales como pueda serlo esa fantasía de nuestro cerebro que llamamos «la realidad». Sí hubo ogros y dragones, sí hubo brujas y duendes, sí hubo ninfas y sirenas… Los hubo, porque nadie dudó de su existencia. Y, de entre todas aquellas fabulosas criaturas, una especialmente hermosa que encarnaba los dos más caros ideales: libertad y pureza. La llamaban unicornio.

En crónicas, grabados y pinturas está descrito como un caballo dotado de un largo, recto y único cuerno en mitad de su frente. Aunque los eruditos de entonces no sabían a ciencia cierta su origen, la creencia más extendida es que procedía de Oriente, por eso se le conocía también, Sobre todo en los círculos intelectuales, como «asno indio». Es posible que en esa época ya no existiese ninguno, caso de que haya existido en alguna, pero no por ello dejaba de ser buscado tenazmente por los cazadores, menos dados a sutilezas simbólicas, de las que luego hablaré, que al negocio, puesto que su cuerno alcanzaba un altísimo precio en el mercado farmacéutico. No era para menos, porque se le consideraba el más eficaz de los contravenenos, lo que entre la nobleza, donde era práctica común acelerar el proceso de sucesión con métodos expeditivos, tenía su importancia. También se apreciaban sus virtudes afrodisíacas, según parece, superiores a las del cuerno de rinoceronte.

Tan firme era la creencia de que se trataba de un animal real, que, hasta bien entrada la Edad Moderna, el cuerno de unicornio (alicornio, en algunos tratados) seguía incluido en los libros de farmacia como uno más de los productos terapéuticos en uso. Para ilustración del lector, transcribiré unos párrafos referidos a los cuernos que no podían faltar en una farmacia bien surtida, nada menos que a principios del siglo XVIII. Corresponden a una edición facsímil de Palestra Pharmaceútica chimico¬galénica que conservo en mi biblioteca. Se trata de una «obra muy útil, y necesaria para todos los profesores de la Medicina, médicos, cirujanos, y en particular boticarios», publicada en 1706 por Don Félix Palacios, «socio de la regia Sociedad Médico Chymica de Sevilla, y boticario de esta Corte». Estamos, en suma, ante un libro riguroso y científico:

«De Cornibus. De los cuernos. Cornu Alcis. Cuerno de la Gran Bestia. Bovis. De Buey. Bubali. De Búfalo. Cerbi. De Ciervo. Hirci. De Macho. Rhinocerotis. De Rinoceronte. Tauri. De Toro.

Los cuernos se tienen en las Oficinas en una parte en polvos, para darlos prontamente, que se llaman entonces Cuernos preparados; en otra parte enteros, para valerse de ellos para hazer otras especies de medicamentos, como Jaleas, Cocimientos, Destilaciones, etc. Los antiguos los quemavan para hazerlos polvos, pero esto no se haze ya, porque por la ustión pierden su mayor virtud, si no es que se quiera que sean totalmente absorventes».

También entre las muchas cosas curiosas que he ido almacenando con los años, guardo un pequeño pote con una etiqueta en la que reza Cornu Unicornu. Lo que hay dentro de él es algo que no he averiguado por no romper su tapa de frágil pergamino, pero será asta de ciervo o cuerno de toro pulverizados, si es que no se trata de simple polvo de los caminos. Cualquier cosa menos auténtico cuerno de unicornio, porque, como de todos es sabido, el unicornio es mi animal fabuloso que no existió sino en la imaginación de las gentes incultas.

Es obvio que nunca fue cazado ninguno, sin embargo, su cuerno pulverizado se vendía a muy alto precio y formaba parte de muchas recetas magistrales. Además de potente afrodisíaco, era considerado el más eficaz contraveneno.

Y como nunca existió —aunque nadie dudara de su existencia—, cada cual pudo representarlo como más le apetecía sin que los demás osaran desmentirle. Así, en la variada iconografía unicorniana, el curioso encontrará ejemplares de todo tipo, con el único denominador común del solitario cuerno, porque el resto a veces se asemeja a un caballo, no pocas a un ciervo, otras a un asno y algunas a una cabra. Ni siquiera su identidad equina es clara, ya que -con frecuencia, en vez de cascos, tiene pezuñas hendidas.

En lo que sí hubo acuerdo es en su naturaleza extraordinaria: no había animal más bello y más esquivo. Reacio al contacto con el hombre, como lo era hacia todo lo impuro, se sentía, en cambio, atraído por la castidad de las doncellas. Era su perdición, porque con el aroma de la leche virginal se quedaba adormecido y resultaba presa fácil para el cazador.

La bella y la bestia. La fuerza indómita rendida ante la inocencia… y mucho más, porque su ebúrneo cuerno es rico en simbolismo. Inevitablemente, su forma lo relaciona con el falo, por eso se le atribuyeron virtudes afrodisíacas y generatrices. Lo que puede parecer desconcertante es que, siendo asumida por todos esa característica tan poco piadosa, el unicornio aparezca junto a la Virgen María en algunas representaciones; entre ellas, y como más famosas, IRH que figuran en los tapices del siglo XV del Museo Cluny de París.

La razón tiene también que ver con la simbología, porque su situación en la frente lo convierte en flecha espiritual, en rayo divino que infunde vida, elevando la función generadora a su cota más sublime, en este caso, el Verbo que fecundó a la madre de Jesús. En espejo de los Misterios de la Iglesia, el influyente escritor eclesiástico del siglo XII Honorio Augustodunense, más conocido como Honorio de Autun —aunque no nació allí, sino en Ratisbona—, llega a decir que el unicornio es una representación de Cristo.

Lo curioso es que esta fantástica criatura esté presente en tan diversos pueblos y épocas, desde el extremo occidental de Europa hasta la misma China, casi siempre con atributos que entrañan nobleza y altruismo. Para ser un animal inventado, sorprende esa universalidad. Es necesario admitir que tanta carga simbólica lo sitúa en el mismo ámbito imaginario que a las hadas o los gnomos, pero, ¿y si fue algo más que eso?, ¿y si se tratara de un animal auténtico al que la leyenda transformó en fabuloso?

Atraído por el aroma a leche virginal del pecho de las
doncellas, a cuyo influjo se dormía, era entonces fácil presa
para el cazador.

 

En ese supuesto estaríamos refiriéndonos a una especie desaparecida; que yo ,sepa, nadie en estos últimos siglos ha dicho ver un unicornio. Tampoco es probable que cuando en Europa se creía en su existencia fuese algo más que un borroso recuerdo, el eco arrastrado por el tiempo de algo que en su origen, quien sabe cuándo y dónde, fue real. Los «cejas altas», como diría la autora de Guillermo Brown refiriéndose a los intelectuales de guardarropía, suelen decir, con una suficiencia que desarma a los «cejas bajas», que el unicornio no es otra cosa que el rinoceronte, descrito por alguno de los escasos viajeros que en aquella época habían visitado la India. Es posible, pero, aunque sólo sea por el placer de viajar y conocer sitios nuevos, vamos a ir en su busca.

No tenemos otro dato para ponernos en marcha que la leyenda… y una alusión, bastante ambigua, por cierto, al lugar dónde iniciar las pesquisas: la India. El que los eruditos medievales llamasen al unicornio «asno indio» no era por capricho, ya figuraba como tal en un tratado del siglo V antes de Cristo. El médico e historiador griego Ctesias, que estuvo consultando los archivos persas de Susa durante diecisiete años, menciona en uno de sus libros, el Indika, una especie de asno salvaje propio de la India, tan grande o más que el caballo y provisto de un largo cuerno en la frente. También hay una prometedora referencia en los Vedas, la literatura épico religiosa de la antigua India, donde se alude a una variedad de cuadrúpedo dotado de un solo cuerno. Así pues, iremos al subcontinente indio.

Para evitar posibles decepciones, advertiré antes al lector de que no encontraremos unicornios vivos; de haberlos, contaríamos con rumores locales de su existencia y algún explorador los habría visto, aunque fuera por casualidad, como ha sucedido con el Yeti.

Lo que buscaremos es una evidencia, un dato concreto, no importa su antigüedad, que nos-permita afirmar que la leyenda tiene un origen real y que el unicornio, es decir, un animal de cuatro patas, lo suficientemente grande como para equipararse a un caballo, y con un solitario cuerno en la frente, vivió en el pasado. Ese dato concreto existe, está en el actual Pakistán, y guarda estrecha relación con el misterio de la escritura rongo-rongo.

Los Sellos Del Valle Del Indo

Están realizados en esteatita, una variedad de talco compacto que al lector le resultará familiar si le digo que se trata del popular «jaboncillo» que utilizan los sastres para marcar la tela. Es muy fácil de grabar y poco resistente, pero los artesanos de aquella civilización solventaron el problema dándoles a los sellos una capa de sosa y metiéndolos luego al horno, con lo que adquirían gran dureza y un atractivo brillo.

La inmensa mayoría son cuadrados o rectangulares, aunque también se han hallado algunos prismáticos y cilíndricos, y parece obvio que estaban destinados a imprimir sobre la arcilla u otra materia blanda para marcar propiedad o procedencia. La variedad de diseños, hasta dos mil doscientos diferentes, hace pensar que no se trata de sellos estatales o gremiales, sino identificadores de pequeños grupos, probablemente clanes o familias. Tal vez por ello, los motivos representados en la mayoría de los sellos son de carácter cotidiano, casi doméstico, con realistas imágenes de animales, todos ellos de la fauna autóctona, desde cebúes a elefantes, pasando por bueyes o tigres. Figuras de animales… y escritura, una extraña y aún indescifrada escritura.

El texto más largo encontrado consta de veintiún signos, pero es una excepción; en el noventa por ciento de los casos, la inscripción se reduce a cinco o seis signos escritos en línea sobre el motivo principal, que, como se ha dicho, suele ser un animal. Se pueden reconocer cuatrocientos diecinueve signos diferentes, de los cuales, tras un estudio sobre dos mil doscientos noventa textos, ciento trece aparecen una sola vez, cuarenta y siete dos veces y cincuenta y nueve menos de cinco veces, por lo que puede afirmarse que la escritura del Valle del Indo constaba de doscientos signos fundamentales. Estos datos los extraje en su día de un documentado trabajo del antropólogo Walter A, Faiservis, Jr., publicado en mayo de 1983 en la edición española de Scientific American, y a él me remito. Supongo que en estos veinte años se habrán realizado nuevos estudios, pero, pese a buscar mayor y más reciente información cuando preparaba mi viaje a Pakistán, no he tenido conocimiento de que desde entonces se haya avanzado gran cosa en el desciframiento de esa escritura. Las razones son tan comprensibles como frustrantes, puesto que estamos refiriéndonos a escritura desconocida en un idioma desconocido. De no aparecer un providencial Champollión que encuentre otra piedra Rosetta con textos bilingües, me temo que lo que aquellas gentes dejaron escrito quedará sin descifrar para siempre. Faiservis no es más optimista, aun así, hace un encomiable intento de traducción. Basándose en que parte de ese viejo idioma tuvo que sobrevivir hasta hoy a través de alguna de las lenguas de la zona, llega a la conclusión, tras descartar el munda y el indoario, de que el único vínculo posible es con el dravídico, un idioma de antiguas raíces que hoy se habla de unas veinticinco formas diferentes por más de cien millones de personas. Consciente de que su punto de partida es meramente hipotético, trata de mantenerse en una postura discreta, sin afirmar rotundamente, pero no lo consigue y termina «traduciendo» varios sellos con resultados tan grandilocuentes como: «Patukaran, caudillo poderoso de los asentamientos de ,los alrededores» o «Arasamban, Alto Caudillo de Caudillos del Sudoeste, linaje de la Luna», lo que no está nada mal para textos que sólo tienen seis o siete signos. Encomiable o no, el intento de Faiservis, por muy doctorado en Harvard que sea, tiene más parecido con la descripción del paisaje hecha por un ciego de nacimiento, que con la realidad.

La escritura del Valle del Indo sigue constituyendo un enigma, como lo es la similitud de una treintena de sus signos con los utilizados en la escritura rongo-rongo. Establecer un puente entre ambas culturas es imposible. No digo que los antiguos habitantes de esa parte de Asia no fuesen expertos navegantes capaces de afrontar los riesgos del océano, de hecho, el camino por el índico pudieron hacerlo sin grandes dificultades hasta tener delante el inmenso Pacífico, pero el impulso de sus velas debería haberles trasladado también no menos de tres mil años hacia el futuro. La legendaria tierra de Hiva a la que alude la tradición pascuense no pudo ser la India, sino alguna isla cercana a la Polinesia, y suponer que en ella se Establecieron las gentes del Valle del Indo, llevadas hasta allí quien sabe por qué azarosa circunstancia, para permanecer durante treinta siglos sin dar señales de vida, es mucho suponer. De otra parte, salvo esa coincidencia en un doce o un quince por ciento de sus Signos escritos, no hay nada, absolutamente nada que una culturalmente a ambos pueblos, ni en su forma de vida, ni en su técnica, ni en su arte. Cedo, pues, el testigo al lector y que sea él quien continúe buscando la solución al enigma. Si se fía de mí, en sus indagaciones puede ahorrarse el viaje a Pakistán, porque en las ruinas y en los museos no vi cosa alguna que me recordase remotamente a la Isla de Pascua.

Es de lamentar que esa escritura no haya sido descifrada; dada la brevedad de los textos que figuran en los sellos, no sabríamos gran cosa sobre su historia, pero, al menos, saldríamos de dudas sobre si las inscripciones tienen o no que ver con la figura representada debajo y, de ser cierto lo primero, conoceríamos la identidad de un misterioso personaje que aparece en algunos de ellos y al que todos los libros sobre esa cultura hacen referencia. Lo llaman «El Señor de las Bestias», y tiene especial interés porque podría tratarse de la imagen del dios venerado en el Valle del Indo. Es sólo una suposición, pero no carece de fundamento. Se trata de un «hombre» sentado sobre una especie de tarima con patas: está en una extraña posición, similar a la del «loto», común entre los que practican yoga, y sus brazos, enteramente cubiertos por lo que parecen ser brazaletes, están extendidos, de manera que las manos quedan sobre las rodillas. En esa postura, con las piernas totalmente abiertas, es bien visible su pene erecto, lo que sugiere una función fecundadora y le asimila a otros muchos dioses antiguos. Sin embargo, lo más llamativo es su cabeza, rematada por un penacho y dos grandes cuernos curvos, que, además, tiene tres rostros: uno de frente y dos de perfil. Sobre él hay un texto formado por seis signos y a ambos lados de su cornuda testa un rinoceronte, un búfalo, un elefante y un tigre, a los que habría que añadir una esquemática figura humana. Debajo del asiento, una cabra con la cabeza girada hacia la derecha y otra en posición inversa, de la que sólo se pueden ver los cuernos, ya que el sello está roto y le falta una esquina. La presencia de esos animales es la que le ha dado el nombre, aunque, en su empeño de traducir lo intraducible, Faiservis interpreta el texto como «El Negro, El Búfalo Negro, el Altísimo, el Señor de los Caudillos». La descripción que acabo de hacer es la que corresponde al sello más conocido, el que se conserva en el Museo Nacional de la India, en Nueva Delhi, pero tengo sobre la mesa la fotografía de otro más pequeño que representa al mismo personaje, en el que no hay animal alguno y cuyo texto nada tiene que ver con el anterior, por lo que es inevitable deducir que ni en uno ni en otro figura el nombre de la presunta divinidad. Tampoco resulta sorprendente, porque esa discrepancia entre lo escrito y lo representado es una característica común en el resto de los sellos. Lo que sí sorprende es la postura y el triple rostro: vienen a señalar que aquellos primitivos indoarios procedentes del Norte asimilaron durante su etapa de conquista parte de la cultura que destruyeron. Es un proceso habitual en la historia, se ha dado en todos los continentes y en todas las épocas, incluida la actual, pero en este caso adquiere especial interés por su antigüedad y porque es el precedente más antiguo que conocemos de la triple función de la divinidad, plasmada después en el Trimurti hindú (Brahma creador, Visnú mantenedor y Shiva destructor) y en tantas otras triadas o trinidades posteriores, reflejo todas ellas del ciclo natural de creación-muerte-renovación. En cuanto a la postura (la mulaban-dhasana, entre los yoguis), enfatizada por quienes grabaron los sellos, su significado está también implícito en el que para las religiones posteriores de la India tiene, asociado tanto a la serenidad como al despertar de la consciencia.

Hemos comprobado sobre el terreno lo que ya suponíamos: salvo la desconcertante coincidencia en una porción de los signos usados en su escritura, la Cultura del Valle del Indo no tiene relación alguna con Hiva, la tierra de Hotu Matu’a. Esa decepción se ha visto compensada en parte al conocer a quien muy probablemente es el protodios de la India, pero había una razón más para el viaje…

No me traje ningún sello, son parte del patrimonio de Pakistán y, además, están bien vigilados. Lo que si me traje son varias improntas de los sellos hechas en arcilla, entre ellas, una del célebre «Señor de las Bestias». A veces las saco de sus cajas y paso un buen rato observándolas. Siempre me ha llamado la atención, desde que vi las primeras fotografías de los sellos, lo exquisito del trabajo. Pese a sus reducidas dimensiones —los sellos suelen medir cuatro o seis centímetros de lado, incluso menos—, aquellos artesanos retrataron a los animales de su entorno con total fidelidad, dándoles volumen y sin omitir un solo detalle substancial.

En algo más de cuatro mil sellos, que son los que hasta ahora se han encontrado, sería difícil que no hubiese excepciones, y las hay, pero puede afirmarse que el motivo representado en el noventa y nueve por ciento de los casos corresponde a la fauna local. Abundan los cebúes y toros, pero también hay rinocerontes, búfalos, cabras, elefantes, tigres y gaviales (cocodrilos de río); es decir, animales auténticos y propios de ese territorio. Otra característica digna de interés es que, aun estando de perfil, representaban a búfalos, toros, cebúes y cabras con sus dos cuernos claramente visibles. Pueden aducirse razones estéticas, pero fuese por ellas o porque tenían especial interés en que los animales de dos cuernos no se confundiesen con otros de un solo cuerno, el resultado, como ahora veremos, es el mismo.

Las bestias domésticas o salvajes reproducidas son todas ellas conocidas y existentes en la actualidad; todas menos una: el auténtico unicornio. No lo representaron de forma excepcional, sino centenares de veces, en casi la cuarta parte de los sellos. Tampoco le dieron un tratamiento distinto; está retratado con la misma naturalidad y en la misma actitud que el búfalo o el elefante. Un animal más, aunque, quizá por ser ya escaso y apreciado, la especie de pesebre que tiene delante sea más ostentoso que el del resto.

sellos.JPGNo es el airoso caballo de crines al viento, no es el idealizado y elegante unicornio que alimentó la fantasía medieval, ni siquiera se trata de ese «asno indio» citado por los más eruditos; es el verdadero unicornio: un bóvido macizo y pesado, sin la solemnidad del cebú ni la gracia del antílope, al que la naturaleza dotó de un solo cuerno que ni siquiera era recto. Es evidente que ya no existen, pero asimismo parece evidente que hace cinco mil años aún quedaban algunos en la cuenca del valle del Indo»

Tampoco tiene nada de extraordinario, continuamente desaparecen especies o se encuentran ejemplares de otras que se creían desaparecidas: el último leopardo autóctono de la India fue visto en 1948. Lo malo es que, contemplada así, sin romanticismo, la historia del auténtico unicornio resulta un tanto decepcionante.


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