……………Dr. VI (Masada)

Para Israel es un símbolo. Fue el último reducto de los resistentes durante la conquista romana, el lugar donde en el año 73 d.C. casi mil judíos prefirieron suicidarse antes que rendirse a las legiones del Imperio. Al menos eso es lo que relató el historiador Flavio Josefo, ya veremos después si con rigor histórico o dejándose llevar por su recién estrenado y, según mi criterio, engañoso ardor patriótico.

De lo que no hay duda es de la importancia arqueológica de ese casi inaccesible peñón que, además, sigue conservando dentro de sus muros derruidos un misterio que hasta este momento nadie ha resuelto.
Contemplada desde abajo, la enorme roca resulta impresionante. Está en pleno desierto de Judea, cerca de la ribera occidental del Mar Muerto, y la llanura que se extiende a su pie por el lado este hace que aún resalte más su condición de fortaleza inexpugnable.
Cuando levanté la vista hasta los restos de construcciones que se asomaban al acantilado, cuatrocientos metros más arriba, entendí que su conquista costase tantos años y esfuerzo. También imaginé lo que habría supuesto ascender por el empinado «camino de la serpiente», el único acceso que la meseta tuvo en tiempos de la conquista romana, cargados con cámaras y pertrechos. Todavía está practicable para aquellos que aman el deporte o prefieren ahorrarse el precio del funicular, pero, afortunadamente, para nosotros estaba descartada esa opción por el peso y la fragilidad del material de rodaje.
Pendiente de los gruesos cables de acero, la cabina ascendía a buen ritmo. Apenas daba tiempo para observar con algún detalle las oscuras entradas a las cuevas que se abrían a diferentes alturas en las paredes del acantilado y, aunque sé que no lo haré, recuerdo que al ver pasar a ambos lados, casi al alcance de la mano, aquellas sombrías e incitadoras cavernas, me prometí a mí mismo volver para explorarlas todas. En una de ellas se han encontrado restos de gentes que la habitaron temporalmente hace nada menos que seis mil años; el por qué, como otros después que ellas, escogieron tan aislado e inhóspito cobijo, es algo que no entiendo, a no ser que, más que alojamiento, lo que buscaron fuese un escondite, como hicieron a principios de nuestra Era el grupo de rebeldes protagonista de esta historia.
No estaríamos hablando ahora de Masada si Herodes el Grande no hubiera decidido construirse en ella una residencia hacia el año cuarenta antes de Cristo. Lejos de cualquier parte y en medio del desierto, está claro que no eligió el solitario peñón como lugar de vacaciones. Pese a haber levantado el Segundo Templo de Jerusalén, en sustitución del antiguo Templo de Salomón destruido quinientos años antes por el ejército de Babilonia, y compartir en buena medida las decisiones de estado con los miembros del Sanedrín, el ambiente social era cada vez más tenso, los agitadores incitaban a la rebelión desde cualquier esquina y era presumible un levantamiento en masa. Si a esos problemas internos, añadimos que la intrigante Cleopatra presionaba a Marco Antonio para que invadiese el país, no es extraño que Herodes buscase un confortable y seguro refugio. Las siete inconquistables hectáreas que ofrecía la superficie libre de la meseta eran más que suficientes para ese objetivo.
Por las razones antedichas o por una absurda veleidad, el caso es que en ese insólito lugar se levantaron murallas, palacios, almacenes, edificios administrativos, baños públicos y todo aquello que un rey de su importancia necesitaba para mantener durante un largo periodo de tiempo el tipo de vida al que estaba acostumbrado. Para conseguirlo, embarcó a arquitectos, constructores y artesanos en una tarea que, aún hoy, estando todo en ruinas, causa asombro: donde sólo había sequedad, hubo jardines y estanques; donde sólo se oía el susurro del viento, hubo voces y risas; donde sólo había tierra y piedra, se levantaron torres y columnas… Fue una especie de milagro, un sueño imposible que se hizo realidad.
En el ángulo norte, en la parte en que la meseta se afila como la proa de un barco, con el abismo por delante y a ambos lados, se construyó un palacio colgante dispuesto en tres terrazas, la inferior a casi cuarenta metros por debajo del borde del acantilado. Un palacio caprichoso e íntimo, con numerosas habitaciones, suntuosos baños, amplios salones y miradores desde los que contemplar la siempre cambiante belleza del desierto. Y arriba, en el interior de la meseta, otro palacio, el oficial, con edificios adyacentes para administradores y criados. Cuarteles para la guarnición, grandes almacenes en los que guardar grano, legumbres, dátiles… Huertas y establos… Nada faltaba, pero ¿y el agua?
Aparte de la necesaria para beber y asearse, debió haber agua abundante en Masada, porque las excavaciones han dejado al descubierto varias salas de baños, incluso una pública. Además, lo mismo que había una sinagoga para los judíos practicantes, que eran muchos en el séquito de Herodes, había también un estanque para baños rituales: un mikave. ¿De dónde procedía el agua en un lugar tan aislado, lejos de cualquier río?
Aunque de ordinario secos y polvorientos, los desiertos reciben de cuando en cuando el regalo de la lluvia, generalmente, de forma tan torrencial como breve, y el que rodea Masada no es una excepción. Cerca de la meseta hay dos wadis, dos cauces, casi todo el año secos, por los que discurre el agua en las pocas ocasiones en que las nubes se muestran generosas; sólo era cuestión de retenerla sin que se perdiera una gota y luego conservarla. Para solucionar el primer problema, los constructores de la ciudadela levantaron dos pequeñas presas y dos acueductos de los que apenas quedan vestigios. Gracias a ellos, llevaron el agua hasta la meseta; sin embargo, faltaba lo más difícil: almacenarla de forma que, por el intenso calor, no se evaporara.

Pese a no estar la vista, los aljibes de Masada son, sin duda, la obra más importante que acometieron aquellos ingenieros de hace dos mil años. Excavaron nada menos que doce-cisternas en el corazón de la roca, cada una con capacidad para cuatro mil metros cúbicos. En total, los habitantes de esa fortaleza natural dispusieron de ¡casi cincuenta millones de litros de agua! Más que suficiente para resistir un largo asedio. Asedio que no llegó a producirse, al menos en tiempos de Herodes. Aquella ciudadela amurallada, provista de todos lo recursos necesarios, y su fastuoso palacio colgante no llegaron a cumplir la función que les había sido asignada. Tendrían que pasar unos setenta años antes de que Masada se convirtiese en reducto para un grupo de sitiados.
Después de tres de lucha sangrienta, la rebelión judía iniciada en el año sesenta y siete la ocupación había terminado conseguir su objetivo. Pese a grupos aislados de rebeldes continuaron hostigando a las tropas del Imperio y dedicándose al pillaje como medio de subsistencia. Uno de esos grupos, perteneciente a la secta de los zelotas, hizo de Masada su cuartel general.
Entre las diferentes facciones nacionalistas judías, los zelotas eran los más radicales. En gran medida fueron ellos los responsables del alzamiento en Palestina contra Roma: observantes rigurosos de la Ley Mosaica desde la época de los Macabeos, no podían consentir que reinase un extranjero sobre el país que, por decreto de él mismo, estaba destinado a ser regido por Dios. Consecuentemente, no estaban dispuestos a rendirse bajo ningún concepto. Los que se refugiaron en la meseta eran novecientos sesenta, incluidos mujeres y niños, bajo el mando de Eleazar ben Yair, y allí permanecieron hasta un día de la primavera del año 73, en el que todos ellos encontraron la muerte.
Han transcurrido más de diecinueve siglos, pero todavía son visibles allá abajo los restos de los ocho campamentos y de la muralla que levantó el general Flavio Silva para rodear Masada y evitar que los rebeldes pudiesen escapar. No sabemos con exactitud cuánto duró el asedio, pero debió ser mucho. Tanto, que el veterano militar acabó tomando la decisión de construir una rampa de tierra y piedras por la que hacer llegar sus máquinas de guerra hasta los muros defensivos y asaltar la inexpugnable fortaleza. Fue una obra colosal que, desafiando al tiempo, aún sigue en pie.
A medida que la rampa progresaba, las cada vez más cercanas catapultas aumentaban su eficacia y los proyectiles, ennegrecidos con betún y cenizas para que fuese difícil verlos llegar y evitarlos, llovían sobre los asediados como siniestro anticipo de su ya inevitable derrota. Cubierto el último tramo de la rampa con un pontón, la alta torre de asalto forrada de hierro llegó hasta el muro mismo, que empezó a estremecerse por los formidables golpes de ariete, en tanto que, desde arriba, los soldados romanos arrojaban piedras y dardos sobre los defensores. Llegó la noche y, con ella, una forzosa pausa antes del ataque final. Se redobló la guardia para que nadie escapara de Masada aprovechando las sombras, los legionarios consumieron la que para muchos de ellos sería presumiblemente su última cena y aquellos que habían de intervenir en la batalla del día siguiente, la que daría término al asedio, intentaron dormir.
Apenas había asomado el sol por encima de la tierra de Moab, al otro lado del Mar Muerto, cuando el pesado ariete golpeó de nuevo. Esta vez no hubo resistencia alguna; sin duda, los sitiados habían abandonado el muro y las casamatas adosadas a él para hacerse fuertes en otras construcciones del interior de la meseta. Al fin se abrió brecha suficiente y enardecidos, ansiosos tal vez de una lucha cuerpo a cuerpo tantos meses retrasada, los legionarios de Roma entraron en Masada.
Nadie salió a su encuentro. Ni una flecha, ni una espada en alto, ni siquiera un grito de guerra o el llanto de un niño. Nadie estaba esperándolos excepto el silencio. Aquellos novecientos sesenta zelotas que defendían Masada, hombres, mujeres y niños, habían elegido la muerte antes que rendirse.
La historia escribe sus páginas con crudeza, con la desapasionada fuerza de los hechos, sean éstos heroicos o miserables. Los historiadores, aun habiendo sido testigos de aquello que relatan, vierten en esas páginas sus sentimientos; por eso, siendo la misma, la historia tiene tantos rostros como plumas la escriben. En el caso de Masada, nadie quedó de entre los defensores para contar de primera mano lo que sucedió en las horas previas a aquella mañana, sin embargo, la patriótica arenga con la que Eleazar ben Yair convenció a sus compañeros para que matasen a su familia y luego a sí mismos se ha convertido en un texto fundamental para el nacionalismo judío:
«Ya que nosotros, desde hace mucho tiempo, mis generosos amigos, decidimos no ser nunca siervos de los romanos, ni de nadie que no fuera el propio Dios, el cual es únicamente el verdadero y justo Señor de la humanidad, ha llegado el momento que nos obliga a poner en práctica esa resolución. Y no nos hagamos acreedores de nuestro propio reproche en este momento contradiciéndonos, ya que cuando decidimos no aceptar la servidumbre, aunque entonces era sin peligro, ahora tendríamos que aceptar, junto con la esclavitud, castigos que son intolerables; digo esto, suponiendo que los romanos nos sojuzguen bajo su poder estando nosotros con vida. Fuimos los primeros que nos levantamos contra ellos; y no puedo sino considerar como un favor que Dios nos ha concedido el que esté todavía en nuestras manos el morir valientemente, y libres, lo cual no fue el caso de otros que fueron conquistados por sorpresa. Está claro que seremos conquistados dentro de un día tan sólo; pero todavía podemos elegir el morir gloriosamente, junto con nuestros más queridos amigos. Esto es lo que nuestros enemigos no pueden de ninguna manera evitar, aunque estarían muy deseosos de capturarnos vivos.
Ya no podemos intentar por más tiempo el luchar contra ellos y vencerlos. Hubiera sido mejor para nosotros el haber adivinado los designios de Dios antes, y al principio de todo, cuando estábamos tan deseosos de defender nuestra libertad y cuando recibimos tan duro trato entre los nuestros, y peor trato de nuestros enemigos, y habernos dado cuenta de que aquel mismo Dios que desde antiguo había favorecido a la nación judía, la había ahora condenado a la destrucción; pues si hubiera continuado favorable, o estuviera por lo menos ofendido con nosotros en menor grado, no hubiera dejado perecer a tantos hombres, ni hubiera dejado que su ciudad más sagrada fuera incendiada y destruida por nuestros enemigos.
En realidad, nosotros teníamos la débil esperanza de salvarnos y ser libres, ya que no habíamos sido culpables de ningún pecado contra Dios, ni habíamos tomado parte en los pecados de los otros; también enseñamos a otros hombres a conservar su libertad. Por lo tanto, considerar cómo Dios nos ha convencido de que nuestras esperanzas eran vanas, al hacer caer sobre nosotros tal desgracia en el estado desesperado en que nos encontramos hora, y que ha rebasado todos nuestros cálculos, pues esta fortaleza que era de por sí inconquistable no ha servido para salvarnos; y aun cuando todavía tenemos gran abundancia de comida y una gran cantidad de armas y otras cosas útiles en mayor número de lo que necesitábamos, estamos claramente privados por Dios mismo de toda esperanza de salvación; pues ese fuego que cayó sobre nuestros enemigos no se volvió por sí mismo sobre la muralla que habíamos construido; esto fue el efecto de la cólera de Dios contra nosotros por nuestros múltiples pecados, de los que hemos sido culpables de una manera insolente e increíble en lo que toca a nuestros propios compatriotas; el castigo de los cuales recibámoslo no por los romanos, si no por medio del mismo Dios, ejecutado por nuestras propias manos, ya que éstas serán más piadosas que las de los otros. Dejemos morir a nuestras mujeres antes de que abusen de ellas, y a nuestros hijos antes de que hayan probado la esclavitud; y después de haberlos matado, concedámonos tal beneficio mutuamente, y conservémonos en nuestra libertad, como un ejemplar monumento funerario.
Pero primero destruyamos nuestro dinero y la fortaleza por medio del fuego; pues estoy bien seguro de que esto causará un gran disgusto a los romanos, que no podrán apoderarse de nuestros cuerpos y también serán privados de nuestras riquezas; no conservemos nada, salvo las provisiones, pues ellas darán testimonio, cuando estemos muertos, de que no fuimos vencidos por falta de las cosas necesarias, sino que, de acuerdo con nuestra resolución, hemos preferido la muerte antes que la esclavitud».
El arrebatado discurso puesto en boca de Eleazar ben Yair fue escrito por el historiador Flavio Josefo y, aunque con menos retórica y más rudeza, bien pudo ser así. No obstante, ni siquiera es seguro que el jefe zelota lanzase arenga alguna y, mucho menos, que los sitiados asumiesen de buen grado su ejemplarizante sacrificio. Flavio Josefo vertió en esas páginas todo su fervor patriótico, recreando en función de lo heroico y con abundancia de detalles, necesariamente inventados, ese episodio de la historia judía. Para algunos, fue la manera de reconciliarse con sus compatriotas.
Su verdadero nombre era Joseph ben Matthias y pertenecía a un noble familia de Jerusalén, sin embargo, su más conocida obra, La guerra de los judíos, fue escrita desde el bando romano. Las razones de esa aparente contradicción tienen que ver con su biografía, digna de ser novelada, si es que no se ha hecho sin que yo lo sepa, lo que nada tendría de extraño. Vivió esos tumultuosos años que, tras el fallido levantamiento contra Roma, culminaron con la desaparición de la nación judía y la dispersión de su pueblo. Él mismo fue uno de los comandantes que dirigieron al ejército sublevado en el frente de Galilea. Hecho prisionero tras la caída de Jotapa en el año 67, profetizó al procónsul Vespasiano que sería emperador, lo mismo que su hijo Tito, como así sucedió. Faltaban dos años para que su profecía se cumpliese, por tanto debió hacer gala de otros méritos además del de vidente, porque Tito lo tomó como amigo, fue liberado y, terminada la guerra, se marchó a Roma con él, gozando del favor de la familia Flavio durante los treinta años que vivió en la capital del Imperio. No es extraño que, por estas razones, fuera considerado traidor entre los judíos, aunque algunos de sus traductores consideren injusta esa acusación. No sin falta de razón, argumentan que, como tantos intelectuales repartidos por el mundo antiguo tras la desaparición del estado hebreo, se adaptó a las costumbres e ideas de su país anfitrión sin dejar de ser fiel a la causa judía. Puede que fuese así, pero lo cierto es que formó parte del ejército romano en el asedio y conquista de Jerusalén, algo que, desde la óptica de los vencidos, no puede considerarse de otra forma que de traición, y que en La guerra de los judíos y otros textos posteriores queda implícito su convencimiento de que lo más conveniente para la seguridad de Palestina era integrarse en el Imperio Romano. En su opinión, la causa de la guerra había que buscarla entre los nacionalistas exaltados antes que entre el pueblo llano, satisfecho en su conjunto de la tutela romana, por eso resulta chocante que en su relato de lo acaecido en Masada defienda con tanta vehemencia la causa nacionalista y eleve a ese grupo de zelotas, una de las sectas independentistas más radicales, a la categoría de mártires por la libertad. Ni siquiera se muestra compasivo con los que, tras escuchar el discurso de Eleazar ben Yair, según su propia versión idealizada del suceso, se sintieron comprensiblemente horrorizados ante la idea de sacrificar a sus esposas e hijos:
«Pero, sin embargo, no todos los soldados estuvieron de acuerdo; porque aunque algunos de ellos tenían mucho empeño en poner en práctica esre consejo, y estaban en cierto modo gozosos por ello, y pensaban que la muerte era una buen cosa, sin embargo había otros más apocados que sentían pena por sus esposas y familias; y cuando estos hombres se sintieron conmovidos por la perspectiva de su propia y cierta muerte, se miraron atentamente entre sí y, por las lágrimas que había en su ojos, demostraron discernir de esta opinión. Cuando Eleazar vio a estas gentes con tal miedo, y que sus almas desfallecían ante una proposición tan grave, temió que estas personas afeminadas, con sus lamentos y lágrimas, debilitasen a aquellos que habían acogido valientemente lo que él había dicho; así que no cesó de exhortarles, y apelando a los argumentos apropiados para levantar su ánimo, empezó a hablarles más violenta y claramente de lo que concernía a la inmortalidad del alma. Así que dio un triste gemido, y fijando su ojos con atención en los que lloraban, habló así: En realidad estaba terriblemente equivocado cuando pensaba estar ayudando a hombres valerosos que luchaban fieramente por su libertad, a aquellos que estaban dispuestos a vivir con honor, o si no a morir; pero me encuentro con que vosotros sois gentes como las demás, ni mejores en virtud ni en valor, y tenéis miedo de morir…».
Aunque importante para quienes sienten curiosidad por ese capítulo de la historia y fundamental para el nacionalismo judío actual, renuncio, por su extensión, a transcribir íntegro el largo alegato del jefe zelota, remitiendo al lector interesado al texto original o, más fácilmente, al libro Masada/ La fortaleza de Herodes y el último bastión de los Zelotes, escrito por el arqueólogo Yigael Yadin, y magníficamente editado por Ediciones Destino, en el que se incluye completo el discurso. No obstante, me gustaría hacer alguna consideración sobre ese texto, para lo que es inevitable incluir algunos fragmentos más.
No hay duda de que con su versión de lo sucedido en Masada, Flavio Josefo se rehabilitó plenamente ante los ojos de sus compatriotas, al punto que hoy es leída en las escuelas y, siendo evidente que él no estuvo allí, se tiene por cierta en todos sus extremos. Pero es el célebre discurso «pronunciado» por Eleazar ben Yair en esas trágicas circunstancias, la parte del relato que más emocionadamente se recuerda. Fue algo así como el «canto del cisne», el postrero acto de un líder judío antes de que su nación desapareciese del mapa, la apertura de un paréntesis apáftrida que no se cerraría hasta casi diecinueve siglos después, el 14 de mayo de 1948, con la creación del estado de Israel… No es, pues, extraño que ese discurso tenga tanta importancia para los israelitas actuales y lo consideren como un legado de inapreciable valor que afianza su identidad como nación. Y está bien que así sea, sin embargo, el discurso no es del recordado patriota judío, un nacionalista radical, sino de Flavio Josefo, un judío fariseo proclive a la integración de Palestina en el Imperio Romano y, desde luego, manifiestamente contrario a los zelotas y al resto de los grupos nacionalistas. El por qué renunció a relatar los hechos con la aséptica distancia del historiador o, a lo sumo, expresando una comprensible simpatía hacia los sitiados, es algo que siempre me ha intrigado. Lejos de ello, asumió el papel del protagonista, metiéndose en la piel de ben Yair, y redactó un largo e innecesario discurso en el que, aparentemente, sólo aparentemente, como después veremos, ensalza todo cuanto antes había criticado.
Un par de cuervos, acostumbrados sin duda a los turistas, se posaron en los restos de un muro cerca de mí. Apenas reparé en ellos, el viento del desierto, caliente y seco, dejaba diminutos granos de arena en mi barba; salvo él, salvo su débil gemido, todo era silencio. ¿Qué mejor momento para rememorar el patriótico discurso?
Expectantes, ávidos de palabras que hiciesen noble el bárbaro acto que acababa de proponerles, los zelotas, con el corazón encogido y los ojos desmesuradamente abiertos, fascinados, quizá, como el pajarillo que espera ser devorado por la serpiente, escuchaban a su jefe. Les dijo que su fin no era fruto de las circunstancias, sino designio de Dios:
«¿No estamos avergonzados de tener más innobles ideas que los indios, y de lanzar con nuestra cobardía una afrenta contra las leyes de nuestro país, que son tan admiradas e imitadas por toda la humanidad? Pero puestos en el caso de que nos hubiésemos criado en otras creencias y nos hubieran enseñado que la vida es el mayor bien que pueden alcanzar los hombres y que la muerte es una calamidad, las circunstancias en las que ahora nos encontramos deberían inducirnos a soportar tal calamidad valientemente, ya que nos viene por mandato de Dios, y por necesidad, el que tengamos que morir; porque ahora parece que Dios hubiera decretado tal cosa contra el pueblo judío; que hayamos de ser privados de esta vida, de la que él sabía que haríamos mal uso; pues no creáis que vuestra presente condición se debe a vosotros, ni penséis que los romanos son la verdadera razón de que esta guerra que hemos pasado haya sido tan desastrosa para nosotros; estas cosas no han sucedido por causa de su poder, sino que una causa más poderosa ha intervenido y los ha hecho parecer conquistadores nuestros. ¿Con qué armas romanas, os pregunto, fueron matados los judíos de Cesárea? Con ningunas. Al contrario, no estaban en absoluto dispuestos a rebelarse y se pasaban el tiempo guardando la festividad del séptimo día, y ni tan siquiera levantaron su manos contra los habitantes de Cesárea; sin embargo, éstos los arrollaron en grandes multitudes y les cortaron el cuello, y los cuellos de sus mujeres y niños, y esto sin intervenir los propios romanos, que nunca nos tomaron por enemigos, hasta que nos rebelamos contra ellos».
Sonreí para mis adentros: por boca de ben Yair, Josefo estaba soltando su propio discurso. Era Dios quien había decidido el curso de la guerra, no los romanos; eran los habitantes de Cesárea quienes habían degollado a los judíos, no los romanos, «que nunca nos tomaron por enemigos, hasta que nos rebelamos contra ellos». Y aún puso más ejemplos, como los dieciocho mil judíos muertos en Damasco o los sesenta mil sacrificados en Egipto.
No, los romanos no eran sus enemigos naturales, sino un simple instrumento del designio divino: «…estas cosas no han sucedido por causa de su poder, sino que una causa más poderosa ha intervenido y los ha hecho parecer conquistadores nuestros». No era la caída del último reducto rebelde en aquella guerra, era algo mucho más grave y trascendente. La misma intuición que le había llevado a presagiar que Vespasiano y Tito serían emperadores, parecía decirle a Flavio Josefo que, por su fatal condición de «pueblo elegido», el destino de los judíos era no integrarse con el resto y vivir sin patria, perseguidos o masacrados durante siglos, quizá para siempre, como antes lo habían sido en Scytopolis, en Siria o en el país del Nilo.
Pero, enemigos o instrumentos del destino, los romanos estaban a punto de irrumpir en Masada, y la inventada exhortación del jefe zelota no tenía otro fin que el de convencer a sus correligionarios de que era mejor la muerte que la rendición. Para los más fanáticos, lo dicho resultaba suficiente, les bastaba con saber que el asesinato de su familia y su suicidio eran, a la postre y en igual medida, un acto de honor y una expiación. Faltaba persuadir a los pusilánimes. Sólo un argumento podría vencer su temor a la muerte, y era que temiesen más a las consecuencias de no estar muertos cuando los legionarios de Roma los apresaran a la mañana siguiente:
«.. .pero en cuanto a la multitud que está ahora sojuzgada por los romanos, ¿quién no se compadeciera de su estado? ¿Y quién no se apresuraría a morir antes de sufrir las mismas miserias que los otros? Algunos han sido llevados al suplicio y torturados con fuego y latigazos hasta morir. Algunos han sido destrozados por animales salvajes o conservados vivos para ser devorados por éstos y así proporcionar diversión y entretenimiento a nuestros enemigos; y aquellos que todavía están vivos deben ser considerados como los más desgraciados, los cuales, deseando la muerte, no pudieron conseguirla».
Esos y otros atroces males esperaban a los supervivientes. Josefo no escatimó en su discurso terribles descripciones que, en boca de Eleazar ben Yair, pudiesen haber convencido a los más remisos, sin embargo, una vez más, se descubre a sí mismo exonerando a los romanos:
«Nos rebelamos contra los romanos con grandes pretensiones de valor, y cuando al final nos invitaron a que nos salváramos, no quisimos plegarnos a ellos. ¿Quién no creerá por tanto que ahora se hallan enfurecidos contra nosotros, en caso de que puedan cogernos vivos?».
No sabemos cuáles fueron los verdaderos argumentos esgrimidos por ben Yair y, si queremos ser estrictos, ni siquiera podemos estar ciertos de que pronunciase discurso alguno; sólo sabemos que Flavio Josefo, atribuyéndoselo al líder rebelde, escribió un discurso, su propio discurso, en el que, entre otras cosas, deja patente que el motivo de la inmolación no fue otro que el, muy humano pero dudosamente ejemplar, de huir de un destino que acababa de serles descrito como peor que la propia muerte:
«No hubo ni uno solo de estos hombres que sintiera escrúpulos de cumplir su parte en esta terrible ejecución, y cada uno de ellos mató a sus parientes más queridos. Desgraciados fueron ellos, sin duda, cuya desesperación les forzó a sacrificar a sus propias mujeres e hijos, con sus propias manos, como el menor de los males que les esperaba. Así que no pudiendo soportar la pena bajo la que se hallaban por lo que habían hecho, y considerando un insulto para los que habían matado el vivir siquiera el más corro espacio de tiempo después de ellos, colocaron todo lo que poseían en un montón y le prendieron fuego. Entonces escogieron diez hombres por sorteo entre ellos, para que mataran al resto; y cada uno de los otros se tendió en el suelo junto a su mujer e hijos, extendiendo su brazo sobre ellos y ofreciendo su cuello al golpe de los que debían ejecutar tan triste oficio; y cuando estos diez hombres, sin miedo, hubieron terminado con todos, siguieron la misma regla para echar a suerte entre ellos, que aquél a quien le correspondiera debería matar a los otros nueve y después matarse a sí mismo».
Cuando, por razones que no entro a considerar, se está más cerca de las personas que de los ideales y, como es mi caso, se contemplan con escepticismo valores tan incuestionables para la mayoría como religión, patria, lengua o tradición, se tiende a despojar a los hechos históricos de su barniz propagandístico y a intentar imaginarlos como realmente fueron. Lo que esa noche pasó en Masada debió ser terrible. No es cierto, no puede serlo, que todos ofrecieran resignadamente su cuello al improvisado verdugo. Hubo gritos, carreras, mujeres y niños despavoridos, tratando de eludir una muerte que no deseaban, horrorizados ante la espada que esgrimía su propio esposo o padre. Muchos de los hombres, llegado ese momento extremo, arrojaron su arma, incapaces de matar a aquellos que amaban, siendo asesinados ellos y sus familias por los más fanáticos. Lo mismo que en Sagunto o Numancia y en tantos lugares que fueron escenario de «hazañas» semejantes, lo sucedido en Masada requiere otros adjetivos que los de heroico o noble, por mucho que así convenga a quienes, manipulándola, utilizan la historia en su propio beneficio. Pero ha sido siempre así y seguirá siéndolo, por lo que más vale dejar a un lado esta inútil reflexión y terminar con el texto de Flavio Josefo, como hemos ido viendo, no menos manipulador que el resto de los historiadores comprometidos con una idea. Es por él también, por quien sabemos que no todos murieron:
«Sin embargo, sobrevivieron una anciana y otra que era de la familia de Eleazar, superior a todas las mujeres en prudencia y sabiduría, que con cinco niños se habían escondido en cuevas subterráneas, habiéndose llevado allí agua para beber; y estuvieron escondidas mientras los otros se dedicaban matarse».
Que hubiese supervivientes, resultaba imprescindible; de no haber testigos que contasen lo sucedido —aunque él no dice que fuesen los miembros de ese pequeño grupo su fuente de información, es lógico deducirlo, puesto que nadie más sobrevivió—, el relato habría quedado reducido a una mera suposición. Probablemente es eso y no otra cosa, pero concedamos que las dos mujeres y los cinco niños sobrevivieron y narraron la tragedia que después recrearía Flavio Josefo; aun así, resulta obvio que lo más que pudieron referir acerca del discurso es su tono e intención, acaso alguna frase concreta. Insisto en ello, porque, como ya he dicho, para los judíos, Masada es un símbolo de su identidad y tal discurso el texto que mejor encarna su sentimiento nacionalista. Seducidos por la envoltura, no han reparado en que su contenido expresa precisamente lo contrario de lo que el propio Eleazar ben Yair habría dicho, y si alguien lo ha hecho, ha preferido callárselo para no destruir el mito. Por si hubiera alguna duda sobre la intención de Josefo, en el último párrafo trascrito no tacha a las dos mujeres de traidoras o cobardes, ya que, egoístamente, prefirieron salvarse antes que compartir el heroico destino del resto; muy al contrario, hace que una de ellas sea, nada menos, que «de la familia de Eleazar» y la retrata como «superior a todas las mujeres en prudencia y sabiduría», con lo que no sólo alaba su decisión de esconderse, sino que, implícitamente, descalifica a las que no lo hicieron.
En 1963 se iniciaron los trabajos arqueológicos en Masada. Fue mucho más que una simple excavación: miles de voluntarios llegados de todo el mundo participaron desinteresadamente durante dos años en las más diversas tareas bajo la dirección de Yigael Yadin, catedrático de Arqueología en la Universidad Hebrea de Jerusalén. No era para menos, ya que se trataba de recuperar para la historia del judaísmo una de sus páginas más emotivas. Aparte de lo que, en síntesis, queda recogido en este capítulo, el trabajo de los arqueólogos permitió saber que, tras su conquista, la fortaleza estovo ocupada por una guarnición romana durante no menos de cuarenta años.
Perdido ya su valor estratégico, la vieja ciudadela que edificara Herodes sólo tuvo ocupantes temporales. Algunos dejaron huella evidente de su paso, como los monjes cristianos que, allá por los siglos quinto y sexto, levantaron una capilla, en tanto que de otros no quedó más testimonio que unas cuantas monedas, trozos de vasijas y sencillas inscripciones en las paredes que aún se mantenían en pie. Pero hubo un hallazgo durante esas excavaciones que conmovió más que ningún otro al pueblo judío: en una pequeña cueva del acantilado sur fueron encontrados cerca de treinta esqueletos correspondientes a hombres, mujeres y niños.
Sin pruebas contundentes, se decidió que esos restos eran de los héroes que en el año 73 habían elegido la muerte antes que la rendición. En consecuencia, fueron enterrados con todos los honores durante una impresionante ceremonia en 1969. Hoy, más de treinta años después, hay motivos para pensar que aquellos cuerpos tan solemnemente inhumados no pertenecían a los defensores de Masada y que ni siquiera eran judíos; es más, puede que se tratase de ciudadanos romanos.

En 1997, las investigaciones del antropólogo israelita Joe Zias permitieron saber que, junto a los esqueletos, se habían encontrado en la cueva huesos de cerdo, algo inconcebible en un enterramiento judío por su carácter de animal «impuro», pero que, sin embargo, era usual en las tumbas romanas de la época. Que la presencia de esos restos porcinos no fuera detectada en su momento o que intencionadamente se silenciara, debería ser objeto de una investigación que, me temo, nunca se llevará cabo. Sin cuestionar la valía del arqueólogo Yigael Yadin, es evidente que las excavaciones realizadas en Masada se consideraron desde el primer momento un asunto de interés nacional, y que su objetivo primordial era demostrar la veracidad de la heroica resistencia y de su ejemplar final. Apenas terminado el trabajo, Yigael Yadin publicó en 1966 extenso libro: Masada. Herod ’sfortress and the zealots’ last stand, editado en español por Ediciones Destino en 1969. En su introducción, en la que exalta el aleccionador sacrificio de los defensores de Masada, considera un privilegio que le fuera encomendada la dirección de las excavaciones, y lo hace con argumentos cuya valoración dejo al lector:
«He dicho que tuve el privilegio porque siempre fue el sueño de todo arqueólogo israelita desentrañar los secretos de Masada, y también porque una excavación arqueológica en este lugar era completamente distinta a cualquier excavación en otro pueblo de la antigüedad.
Se sabía que su importancia científica era extraordinaria. Pero, sobre todo, Masada representa para nosotros, en Israel, y para muchos en otros lugares, arqueólogos y profanos, un símbolo del heroísmo, un monumento a nuestras grandes figuras nacionales, hombres que prefirieron la muerte a una vida de servidumbre física y moral.
Fue por eso por lo que acepté con verdadero entusiasmo las invitaciones de la Universidad Hebrea de Jerusalén, de la Sociedad de Exploración de Tierra Santa y sus antigüedades y del Departamento de Antigüedades del Gobierno de Israel para dirigir la expedición de Masada».
Afirmar que la excavación careció del rigor y de la objetividad necesaria sería excesivo, pero la Arqueología no es una ciencia exacta, y en la evaluación de los hallazgos queda un margen, a veces muy amplio, para la interpretación. En Masada, la existencia de la rampa construida por los romanos, los restos de los campamentos que la rodean y otras pruebas igualmente sólidas, confirman la duración del asedio y la resistencia de los sitiados, pero, en contra de lo que se ha dicho, no se produjo ningún descubrimiento que ratificase el «suicidio» colectivo de los novecientos y pico zelotas relatado por Flavio Josefo. El entierro de la treintena de «héroes», elevado a la categoría de acontecimiento nacional, puso un broche de oro a las excavaciones dirigidas por Yigael Yadin: social y políticamente, el objetivo se había cumplido. Sin embargo, judíos o no, esos esqueletos dejaron en el aire un interrogante: ¿Dónde están los restos de los defensores de Masada? Suponiendo que los enterrados en 1969 fuesen parte de ellos, quedan más de novecientos por hallar.
De ser cierto lo que se dice, cuando los romanos irrumpieron en Masada se encontraron con cerca de mil cadáveres. ¿Qué pudieron hacer con ellos? Efectuando un macabro cálculo y teniendo en cuenta que se trataba de hombres, mujeres y niños, nos estamos refiriendo a unas treinta toneladas de carne putrescible, lo que en ese clima exige una rápida solución. Para algunos, el método elegido fue la cremación, lo que justificaría que no se hayan encontrado restos de los cuerpos, pero treinta toneladas son muchas y habrían requerido una enorme cantidad de madera… que no había. La hubo en su momento, aunque dudo que suficiente, traída de lejos para el ornamento del palacio y sustento de las techumbres, además de la que formaba parte del mobiliario, pero fue quemada por los propios sitiados para cocinar y para calentarse en las frías noches del desierto. La que quedaba se utilizó en los últimos días del asedio —siempre que el relato de Flavio Josefo sea cierto-para levantar un muro que cubriese la brecha abierta por el ariete de los romanos y terminó ardiendo.
Hay quien sugiere que los legionarios de Roma utilizaron el simple y expeditivo método de arrojar los cuerpos por el acantilado. También hay que descartarlo, porque ellos ocuparon la plaza recién conquistada y no habría sido soportable el hedor que, desde abajo, les llegaría durante muchos días. Lo único sensato era enterrar los cadáveres.
El ejército romano se había encontrado en situaciones semejantes con relativa frecuencia y sabía cómo solucionar el problema. La Décima Legión mandada por el general Flavio Silva, sobrada de hombres y de medios, habría hecho lo que procedía: abrir una o varias profundas zanjas, echar en ellas los cuerpos y luego volver a llenarlas con la tierra extraída, que es lo normal en estos casos. La cuestión, es ¿dónde?
Esa es una de las cosas que me preguntaba cuando estuve allí. Me llamaba la atención que, en los dos años largos que duraron las excavaciones, no se hubiese hecho un intento serio para localizar el lugar en que están enterrados los legendarios defensores de Masada. El sencillo razonamiento que acabamos de hacer, lo haría también, digo yo, Yigael Yadin, y, aunque lo parezca a primera vista, tampoco hay muchos sitios donde buscar. Una cosa es disponer de hombres y herramientas suficientes y otra malgastar tiempo y energías. La razón sugiere que la tumba colectiva esté en la misma meseta o, si no querían tener tan fúnebres vecinos, que los legionarios llevasen los cuerpos rampa abajo -otro camino es imposible, como quedó claro durante el asedio-enterrándolos en las inmediaciones, al final de ésta. Que yo sepa, en ninguno de los dos sitios se han hecho catas con la intención de descubrir la fosa en que descansan los héroes de Masada. Quizá sea mejor así: lo mismo no la habrían encontrado por mucho que buscasen.


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